Parent PLUS

La deuda estudiantil ya persigue a millones de jubilados en Estados Unidos

Robert Lee pidió USD 66.000 en 1997. Ya devolvió 91.000 y todavía debe 51.000. Su historia resume el drama de millones de jubilados en Estados Unidos.

Robert Lee tiene 71 años y todavía revisa el resumen de su tarjeta cada mes buscando una línea: la cuota del préstamo universitario. No es la de sus nietos, sino la de sus propios hijos, que terminaron la carrera hace más de dos décadas.

En 1997, Lee firmó un préstamo Parent PLUS por USD 66.000 para que sus dos hijos pudieran estudiar. Pensó que la deuda quedaría atrás mucho antes de jubilarse.

Hizo cuentas, calculó plazos, imaginó una vejez sin esa carga. Nada de eso ocurrió. Con el correr de los años pagó USD 91.000, más de lo que pidió, y todavía debe USD 51.000. Recién terminará de pagar en 2034, cuando tenga 79 años.

Cada mes destina unos USD 300 a esa cuota. No es una cifra enorme en el papel, pero para alguien que vive de una jubilación fija representa una decisión constante: qué se recorta para que ese pago entre.

Cuando la ayuda se convierte en una condena a largo plazo

La historia de Lee no es una excepción, es un patrón que crece silenciosamente. Según datos del Departamento de Educación, más de 3 millones de adultos mayores de 62 años todavía arrastran préstamos estudiantiles federales, casi el doble que en 2018, cuando eran 1,8 millones.

El programa Parent PLUS, que permite a los padres pedir crédito para financiar la carrera de sus hijos, tiene una particularidad que lo vuelve especialmente cruel con el paso del tiempo: el titular de la deuda es el padre o la madre, no el hijo. Aunque el diploma cuelgue en la pared del hijo, la obligación de pagar sigue en la billetera del padre, incluso después de jubilarse.

El saldo total de estos préstamos pasó de USD 62.000 millones en 2014 a casi USD 110.000 millones en 2024, según el Institute of Education Sciences. Hoy son 3,6 millones de personas las que, como Lee, siguen pagando estudios que terminaron hace años, según AARP.

Refinanciar termina ahogando más

Chris y Carolyn McAuliffe conocen esa trampa desde adentro. Pidieron USD 114.000 para financiar sus posgrados y, durante los primeros años, pagaron con disciplina mientras construían sus carreras: él en ingeniería, ella en enfermería.

Después llegó la casa propia. Después llegaron los hijos. Y con cada gasto nuevo, la pareja hizo lo que hacen muchas familias bajo presión: refinanció la deuda y extendió el plazo. Funcionó a corto plazo. Pero mientras la cuota bajaba, los intereses seguían corriendo por detrás, acumulándose año tras año como una marea silenciosa.

Hoy la pareja debe cerca de USD 500.000, casi cinco veces lo que pidieron originalmente. La cuota mensual, de unos USD 3.000, triplica lo que pagaban antes de la pandemia.

Según la firma especializada Savi, la historia de los McAuliffe se repite: muchos deudores terminan debiendo el doble o el triple de lo que pidieron, no por gastar de más, sino por el simple paso del tiempo sobre una deuda que nunca deja de crecer.

Envejecer con una cuota que no da tregua

Para un jubilado, una deuda estudiantil no compite con salidas o caprichos: compite con remedios, con el ahorro que no llegó a hacerse, con la tranquilidad de no depender de nadie. A diferencia de un trabajador joven, quien tiene 70 años ya no cuenta con más años de sueldo por delante para reconstruir lo perdido.

Y el Estado no es indulgente con el atraso: si el individuo cae en mora, puede llegar el embargo del salario, la retención de la devolución de impuestos e incluso un descuento directo sobre el Seguro Social, ese ingreso que debería ser, justamente, el que sostiene la vejez.

La Reserva Federal de Nueva York registró que, entre los deudores mayores de 50 años, la mora grave alcanzó cerca del 15% de los saldos pendientes en el primer trimestre de 2026.

Detrás de ese porcentaje hay historias como la de Lee: gente que ya crió a sus hijos, que ya trabajó toda una vida y que sigue pagando una decisión tomada por amor hace treinta años.

Una pregunta que llega demasiado tarde para muchos

Los especialistas en planificación financiera insisten en algo que suena obvio, pero que pocos aplican a tiempo: nunca poner en riesgo el propio retiro para pagar la universidad de un hijo, ni contar con que ese hijo, algún día, se hará cargo.

También recomiendan mirar opciones más económicas antes de firmar: universidades públicas, institutos técnicos, certificaciones cortas.

Para Robert Lee, esa reflexión llega tarde. Faltan ocho años para que termine de pagar. Tiene 71. Y cada mes, entre las cuentas de la casa y los remedios, sigue haciendo lugar para una cuota que empezó como un gesto de amor y terminó convertida en la sombra más larga de su jubilación.

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