Economía de fuego

Drones baratos y misiles caros marcan el pulso del conflicto con Irán

La estrategia iraní apuesta al desgaste financiero de EEUU y sus socios del Golfo, que consumen interceptores a un ritmo difícil de sostener.

Apenas cuatro días después del inicio de los bombardeos de EEUU e Israel sobre Irán, el conflicto tomó un giro previsible y peligroso: una guerra de desgaste. Oleadas de drones lanzadas por la República Islámica impactan sobre bases militares, infraestructura petrolera y edificios civiles en el Golfo, desde Bahréin hasta Emiratos Árabes Unidos, y obligan a Washington y a sus socios a consumir interceptores a un ritmo que inquieta a los planificadores militares.

La lógica del desgaste

El eje del enfrentamiento no está hoy sólo en la precisión de los ataques, sino en la capacidad de sostenerlos. Según el Ministerio de Defensa de Emiratos Árabes Unidos, más del 90% de los drones y misiles iraníes fueron interceptados. Sin embargo, el dato abre otro interrogante: cuánto cuesta frenar cada proyectil.

Un dron Shahed -vehículo aéreo no tripulado de ataque unidireccional- tiene un valor estimado de entre USD 30.000 y USD 50.000. En cambio, un interceptor del sistema Patriot puede costar diez veces más o incluso superar ampliamente esa proporción, además de reducir existencias que no se reponen con rapidez.

Kelly Grieco, investigadora del Stimson Center, describió el cálculo en términos crudos: por cada dólar que Irán invierte en fabricar un Shahed, Emiratos Árabes Unidos puede gastar entre 20 y 28 dólares para derribarlo. "Si esto se prolonga, van a necesitar formas más sostenibles de hacerlo", advirtió.

El general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de EEUU, sostuvo que los sistemas defensivos resultaron eficaces y que los blancos se enfrentaron con rapidez. Washington no difundió cifras oficiales sobre el volumen de municiones utilizadas.

Producción limitada, consumo acelerado

Según un informe de Bloomberg que recoge estimaciones oficiales y análisis de especialistas, el ritmo de interceptaciones comenzó a encender alertas en Washington y en las capitales del Golfo.

EEUU y sus aliados regionales emplean principalmente sistemas Patriot fabricados por RTX Corp., que disparan misiles PAC-3 producidos por Lockheed Martin. La producción anual ronda las 600 unidades, según datos de la compañía. En paralelo, Arabia Saudita y Emiratos operan sistemas THAAD, también de Lockheed, diseñados para amenazas más complejas y con un costo cercano a USD 12 millones por misil.

El desequilibrio entre precio y disponibilidad alimenta la hipótesis de que el desenlace dependerá de qué bando agote primero su arsenal.

Tras el conflicto del año pasado con Israel, se estimaba que Irán mantenía alrededor de 2.000 misiles balísticos. Desde el inicio de la actual escalada, disparó más de 1.200 proyectiles, en su mayoría drones Shahed, lo que sugiere que podría estar reservando su armamento más sofisticado para fases posteriores.

Asimetría como doctrina

El recurso a drones baratos no es improvisado. Analistas lo enmarcan en la estrategia iraní de guerra asimétrica: enfrentar a un adversario tecnológicamente superior con sistemas simples, móviles y difíciles de neutralizar por completo.

Kyle Glen, del Center for Information Resilience, afirmó que "una guerra como esta es literalmente para lo que Irán los construyó". George Barros, del Institute for the Study of War, sostuvo que el uso de interceptores costosos contra amenazas rudimentarias expone la dificultad de escalar la producción defensiva en plazos breves.

La experiencia de Ucrania aparece como antecedente. Rusia adquirió en 2022 tecnología y 6.000 unidades Shahed por USD 1.750 millones, según un informe de C4ADS, una organización estadounidense dedicada al análisis de seguridad y comercio de armamento. Desde entonces lanzó decenas de miles de drones contra ciudades ucranianas. Kiev desarrolló sistemas combinados con grupos móviles y drones interceptores para reducir costos y sostener la defensa en el tiempo.

Defensas golpeadas y comando fragmentado

En el plano ofensivo, EEUU e Israel apuntaron a bases navales y depósitos de misiles iraníes para limitar su capacidad de respuesta. Israel afirmó que destruyó unos 150 lanzadores y que buscó sellar túneles desde donde emergen misiles. El objetivo declarado es asegurar superioridad aérea y reducir el volumen de disparos.

Los primeros ataques dañaron los sistemas antiaéreos y de radar iraníes, lo que permitió que aviones estadounidenses e israelíes operaran en espacio aéreo iraní sin que se reportaran derribos ni interceptaciones exitosas, en lo que se considera un cambio de fase en la campaña aérea.

En una entrevista con Al Jazeera, el canciller iraní, Abbas Araghchi, reconoció que algunas unidades militares están operando con órdenes generales preestablecidas, lo que implica que no reciben instrucciones día a día del liderazgo civil, sino que ejecutan planes definidos con anterioridad al inicio del conflicto.

El factor político

Mientras se multiplican los lanzamientos, también crece la presión diplomática. Un análisis interno citado por Bloomberg indicó que, al ritmo actual, las reservas de misiles Patriot de Qatar podrían durar apenas cuatro días. Doha negó que su inventario esté agotado y afirmó que permanece abastecido.

El secretario de Defensa de EEUU, Pete Hegseth, buscó enviar una señal política: "Esto no es Irak, esto no es interminable", declaró en conferencia de prensa.

Ankit Panda, del Carnegie Endowment for International Peace, describió un escenario posible tras las primeras 60 horas de combates: el desgaste simultáneo de arsenales podría derivar en un punto muerto si ninguno logra sostener el ritmo de fuego.

En esa ecuación fría, donde cada dron barato obliga a disparar un misil caro, la guerra se mide menos en territorios conquistados que en inventarios que se vacían.

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