Es difícil no estar de acuerdo con la declaración de principios que hizo ayer el presidente Mauricio Macri en lo que significó el lanzamiento de su proyecto político tras dos años de vivir del pasado. Como siempre, las diferencias aparecen en el análisis de los instrumentos que se piensan para llegar a un fin y de la eficacia que tendrán.

No hay dudas de que es necesario recuperar la solvencia del Estado, pero en los dos últimos años el único gasto que creció fue para el pago de la deuda que tomó su gestión y que seguirá incrementándose como porcentaje del total.

No hay dudas de la necesidad de un sistema impositivo más equitativo y sustentable, pero hasta ahora sólo se benefició al campo y a las mineras que devolvieron gentilezas reteniendo exportaciones y despidiendo trabajadores, respectivamente. No hay dudas de la necesidad de simplificar la contratación de empleados pero no debería significar precarización ni el fin del sistema solidario. Tampoco hay dudas de la necesidad de fortalecer las instituciones y modernizar la Justicia, pero no se logra con el voto electrónico abandonado ya en países desarrollados ni presionando para lograr la renuncia de los funcionarios que molestan.

Es fácil coincidir con la declaración de principios pero difícil respaldar algo cuando no se sabe el camino, que recién a partir de hoy comenzará a develarse con la presentación de la reforma impositiva: ¿trasladará el ajuste al consumo de las familias? ¿Distribuirá en forma equitativa el esfuerzo entre capital y trabajo, entre economía real y especulación financiera?

Macri destacó la necesidad de integrarse al mundo y pidió no tenerle miedo y dejarse seducir. Pero la apertura que impulsa generó un déficit que a fin de año llegará a u$s7.000 millones y que se financia con la emisión de deuda que compromete los futuros ingresos fiscales, genera una artificial revaluación del peso y resta competitividad a la industria.

Siete veces mencionó la palabra consenso en el discurso, desde hoy estará a prueba la profundidad de ese compromiso.

“Creo en la necesidad de pensar una agenda de reforma permanente, lo que yo llamé reformismo permanente”, dijo el Presidente, quien, sabiendo o no, parafraseaba a la Teoría de Revolución Permanente elaborada por Trotsky.