El proceso de apertura del aislamiento preventivo obligatorio encuentra un límite muy difícil de superar en los grandes centros urbanos. En especial en el área metropolitana. El grado de concientización -y de temor- que despierta el coronavirus en la gente hace posibles las discutidas salidas recreativas. Pero en tiempos de pensar caminos para “abrir el grifo” de la economía sin poner en riesgo la salud, el AMBA presenta un nudo central: el transporte público.

La pandemia demandará un cambio de hábitos cuando se transite el ansiado día después. En cuestión de transporte, las diferencias deberán ser indefectiblemente drásticas. Hasta los primeros días de marzo, 4,5 millones de personas se movilizaban cada día en la Ciudad desde el GBA. Volver a esa dinámica sin cambios de fondo supondría hacinamiento en trenes, colectivos y subtes. La velocidad de contagio sería tan grande que toda la cautela para atemperar la masificación de la circulación del virus quedaría reducida a nada. Una mañana de trenes atestados de pasajeros equivaldría a claudicar todo el esfuerzo acumulado. Nación, Ciudad y Provincia trabajan por estas horas para intentar dar respuestas a un dilema que, todavía, está lejos de contar con una solución definitiva.

“Si abrís todo el transporte público a la vez, no hay manera de controlar”, señala Alejo Supply, subsecretario de Transporte bonaerense. Aunque el realismo no denota impotencia, el funcionario reconoce que será “tremendamente difícil” evitar aglomeraciones. Consciente del desafío, trabaja en forma conjunta con el secretario de Transporte porteño, Juan José Méndez, y con la cartera de Transporte nacional, que comanda Mario Meoni, en la búsqueda de soluciones.

Trenes, colectivos y subtes presentan características particulares y requieren medidas diferentes. A la vez, la realidad de la Ciudad y la del GBA son muy distintas, por lo que las estrategias también deberán serlo.

“A nivel infraestructura, el medio que está más complicado es el ferroviario”, aseguran desde Nación. La red metropolitana cuenta con 64 formaciones en total y no hay soluciones mágicas de un día para el otro. En cuanto al riesgo epidemiológico, los médicos señalan que los subtes representan la mayor alarma: la falta de luz solar y la escasa ventilación hacen de sus vagones el sitio más peligroso.

Por ahora, la cuarentena obligatoria deja margen de maniobra. Con los parámetros actuales, los subtes no soportarían en horas pico más del 16% del movimiento “habitual” registrado hasta el pasado 13 de marzo, último día sin restricciones. Con el aumento por el permiso de nuevas actividades resuelto dos semanas atrás, recién llegan al 4% de la ocupación previa. En los colectivos, el techo previsto es del 36% para los momentos de mayor demanda.

Desde la Ciudad, Juan José Méndez despliega un menú de iniciativas para revertir el panorama. “En principio, es imprescindible que como resultado de esta crisis se genere un cambio de hábitos”, señala.

“Aprendimos que el teletrabajo es posible”, asegura, y suma la posibilidad de cambiar los horarios de algunas actividades puntuales para alivianar las franjas pico. “El resultado tiene que ser que menos gente se desplace por la Ciudad en el transporte público”, plantea. En la misma tónica se buscará reducir al máximo los viajes cortos. “Para los viajes de menos de 5 kilómetros los vecinos deberán priorizar bicicletas y caminatas”, sostiene el funcionario.

En su mirada, por ejemplo, “alguna vez deberá desaparecer la rutina de miles de abogados ‘haciendo tribunales’ todas las mañanas”. Avanzar en la informatización, o sacar al polo judicial del centro de la Ciudad, son iniciativas que las “costumbres de la familia judicial” combaten históricamente. El miedo, sin embargo, convence más que cualquier intercambio de argumentos.  Es sólo un caso. “El total de personas movilizadas por el transporte público no puede volver a ser el mismo”, desafía (se desafía) Méndez.

En cuanto a infraestructura, la Ciudad piensa también revisar el uso del espacio público. “Lo que antes pasaba adentro de los negocios, ahora pasa y pasará en la calle. Hay que adecuarla, darle más espacio a la vereda en detrimento de la calzada, repensar los espacios de circulación de bicicletas y monopatines”, adelanta el funcionario porteño.

La Ciudad lleva recorrido un amplio camino en ese sentido. Los 250 kilómetros de ciclovías dan testimonio de ello. Al otro lado de la General Paz, las soluciones se complican significativamente. Las distancias se agrandan y las alternativas se reducen. Supply coincide en que el principal cambio debe ser el cultural. “De nada sirve que se cumplan diez protocolos si los choferes, al llegar a la cabecera, se ponen a tomar mate en ronda”. Ambos destacan el nivel de integración con la que los distritos trabajan para buscar soluciones.

En los despachos bonaerenses, el foco principal está puesto en los colectivos. Las medidas de protección para choferes y la desinfección a la que se somete a las unidades al pasar de una localidad a otra -una iniciativa surgida en Mar del Plata- “tranquilizan a los pasajeros”, asegura Supply.

Para los momentos de mayor demanda, que indefectiblemente llegarán, supone “poner a tope la cantidad de colectivos”, que cuentan con un stock de aproximadamente un 12% por sobre lo que circulaba en momentos de máxima demanda.

La provincia prevé también un criterio de liberación barrial del asilamiento, a escala de lo que sucede en las provincias. Esto supondría, por ejemplo, aislar municipios en los que la circulación del virus sea mayor.

Con sus particularidades, coinciden en que a nivel general se deberá desincentivar el uso del transporte público lo más posible para evitar el hacinamiento. También están de acuerdo en no promover el uso de motocicletas, una variante que, en vista de sus reparos, podría terminar explotándoles frente a sus ojos. (ver aparte)

Esta semana volverán a verse las caras. Por ahora trabajan “a demanda”, siempre respetando que la última palabra está en manos de las autoridades sanitarias.  Los fantasmas de cómo movilizar a casi el 40% de los habitantes del país sin rendirse al “enemigo invisible” demandarán mucha tarea de concientización. Y no hay garantías de éxito.