La catástrofe electoral que se desplegó, vasta y contundente, sobre los gobiernos de Mauricio Macri y de María Eugenia Vidal debe ser leída en clave política más que económica. Es cierto que la Argentina fue a las urnas en medio de una crisis fenomenal, que castiga desde hace más de un año con inflación, despidos, desempleo creciente, cierre de empresas y devaluación, pero fue la oferta política opositora atractiva, ordenada y amplia lo que definió las PASO y, con certezas, el camino hacia un nuevo gobierno. Fue la política, practicada como un arte por el peronismo desde 2017 a esta parte, lo que permitió dibujar en el horizonte de posibilidades una alternativa aceptable a la pobre gestión del presidente Macri y su equipo. Fue la política la que evitó otro 2003, con el voto fragmentado y repartido casi en partes iguales entre cuatro candidatos de fuerte presencia pública. Una fragmentación a la que hubiera querido poder apostar el Gobierno y que la oposición no le regaló. Y es la política la que, de ahora en más, debería guiar al presidente Macri para conducir una transición ordenada.

Macri y su jefe de Gabinete, Marcos Peña, siempre renegaron de la política. "A la gente no le importa eso", repetían como mantra, hablados por Jaime Durán Barba (¿ex? mago electoral), como recordó oportunamente ayer Martín Rodríguez en la revista Panamá. Ofrecieron planillas de excel, audios de WhatsApp, trackings diarios, mensajes segmentados, desprecio y demonización hacia cualquier cosa que oliera a peronismo (incluso por los peronistas de Cambiemos que, con la incorporación de Miguel Pichetto, sintieron que podían por fin hacer algo tan pequeño como cantar la Marcha Peronista). Ofrecieron encuestas, muchas encuestas, que pronosticaban un final parejo y hasta positivo para el presidente Macri. Ofrecieron operativos de seguridad destinados a la opinión pública, el apoyo de Donald Trump y el de Jair Bolsonaro. Ofrecieron grieta pura y dura. Polarización. Gritos. Pero política no. Nunca política.

En ninguna de las crisis que atravesó su gobierno en el último año el presidente Macri hizo uso de las herramientas que le podría haber ofrecido la política: no buscó ampliar ni su base política ni su base electoral, no oxigenó el gabinete, no convocó ni dialogó con referentes por fuera de su frente electoral. Pareció aceptar lo inevitable, la importancia de la política, cuando decidió sumar a Pichetto. Pero a la luz de la rueda de prensa de ayer, de poco se ha servido de la experiencia del senador rionegrino, que se pasó la conferencia intentando atajar penales y terminó provocando un gol en contra del Presidente, cuando ante el comentario de Pichetto sobre que los cargos ejecutivos se definirán de verdad en octubre, Macri terminó diciendo: "Esta elección no sucedió". No hay coaching que valga cuando el Presidente se habla encima.

La oferta política opositora atractiva, ordenada y amplia fue lo que definió las PASO

Dos mensajes dejó ayer Macri, casi 24 horas después de su peor derrota electoral: los electores son estúpidos que se autoinflingen un daño al decidir respaldar masivamente al peronismo, y el que debe hacerse responsable de la inestabilidad económica que signó el lunes poselectoral es el kirchnerismo. Será una transición dificilísima si el Presidente no acepta que su derrota y las consecuencias crecieron al calor de su gestión de gobierno.

En la vereda de enfrente, el peronismo y su corriente interna más numerosa, el kirchnerismo, se abrazaron a la política. Construyeron con paciencia una unidad que muchos juzgaban imposible y que el Gobierno intentó cascotear. Actores centrales de esa materialización, desplegaron toda la política que pudieron el propio candidato presidencial y figuras como Felipe Solá, José Luis Gioja, Máximo Kirchner, Alberto Rodríguez Saá (que avisaba en julio del año pasado, cuando todavía a nadie se le ocurría: "Hay 2019"), Sergio Massa y la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Sus interlocutores dejaron atrás el intento de jubilarla y no sólo eso, la aceptaron como estratega excluyente para las dos decisiones más importantes después de la unidad: la definición de los candidatos a presidente y a gobernador de la provincia de Buenos Aires. Dudaron algunos al principio con Alberto y Axel Kicillof, pero la campaña terminó por convencer a la mayoría y, por si faltaba alguien, los resultados electorales fueron contundentes.

Y si las encuestadoras se equivocaron, la política no se equivocó. Los gobernadores que habían salido en catarata a saludar la candidatura de Alberto en mayo, mostraron una imagen impactante hace una semana, cuando acompañaron su cierre de campaña en Rosario. Los intendentes bonaerenses hicieron lo propio con Kicillof, como contó BAE Negocios en estas páginas. La extensión y profundidad del resultado electoral ratifica aquellas señales. El Frente de Todos ganó en 22 de las 24 provincias y, respecto de 2015, recuperó votos clave en Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires, la Ciudad de Buenos Aires y San Luis.

La alternativa política que estructuró la oposición con la unidad y la moderación le permitió al electorado no solamente votar en contra de un gobierno al que responsabiliza por la crisis económica actual, sino también a favor de una propuesta política que, según su discurso público, valora a la industria, que reconoce que la Argentina sufre de restricción externa crónica y busca ideas alternativas al endeudamiento para atravesarla, que no desconoce la puja distributiva y quiere que el Estado tenga algo que decir sobre ella, que propone renegociar los términos del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que considera que las tarifas de los servicios públicos deben ser razonables y que promete mejorar el poder de compra de los salarios. Si el voto hubiera sido sólo por la negativa, podría haberse repartido entre distintas opciones opositoras. Pero la política hizo que, además de un voto para rechazar al Gobierno, sea un voto para señalar al candidato al que más de once millones y medio de argentinos quieren confiarle los próximos cuatro años.

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