El paisaje de las villas de emergencia y de los principales barrios populares del conurbano bonaerense y de la ciudad de Buenos Aires se ha visto alterado en las últimas dos semanas a consecuencia de la cuarentena obligatoria. Los pasillos y calles que solían estar atestados de gente, ahora han visto mermar ese flujo. Si bien la pandemia por el coronavirus aún no ha irrumpido de manera oficial entre sus habitantes, son conscientes que de suceder, generará estragos.

El hacinamiento, la falta de agua potable en algunos sectores, la mala alimentación y las deficientes condiciones sanitarias son un terreno fértil para una enfermedad que en muchos casos viene resultando fulminante, pero que además, posee un nivel de contagio vertiginoso.

"La mayoría de los barrios populares en Argentina, y sobre todo los del conurbano, viven del ingreso de la venta ambulante, el cartoneo o de las cooperativas de construcción, tareas que se han visto frenadas al detenerse la economía formal, entonces la principal problemática que tiene nuestra gente es ver cómo accede a los alimentos mínimos", señala Nicolás Caropresi, referente nacional del MTE y de la Mesa Nacional de la UTEP, quien advierte que si bien tanto desde el gobierno nacional, el provincial y los municipales existen medidas destinadas a resolver el tema, aún "hace falta duplicar la cantidad de comida que venían recibiendo los comedores".

"La única manera de trabajar los niveles de conciencia es con la panza llena y esto es además muy necesario para poder abordar una enfermedad que es invisible e intangible", subraya el dirigente social, quien afirma que en esas poblaciones "las casas están estalladas porque toda la familia se encuentra dentro y eso también es un problema por las condiciones precarias en que viven y el hacinamiento".

"Nos preocupa que el virus ingrese a los barrios, pese a lo cual intentamos que la vida siga su rutina con una circulación mínima, que no se salga mucho hacía afuera", pero "sin exagerar, porque cuando eso sucede, termina pasando que llega la violencia policial debido a que los vecinos salen a la vereda a tomarse unos mates porque lo necesitan".

Caropresi sostiene que hasta ahora "no se han generado hechos muy evidentes de inseguridad, pero si ha habido -y nos preocupó y así se lo hicimos saber a las autoridades-, un accionar medio de correa suelta de algunas fuerzas de seguridad, sobre todo de las diferentes fuerzas policiales que pasan con las motos gritandole a la gente o pegándoles palazos".

Mónica Ruejas, presidenta del barrio Los Piletones, en el sur de la Ciudad,, coincide en que los recursos alimentarios destinados a los comedores populares son insuficientes: "Tenemos más demanda de platos de comida debido a que los vecinos que tenían la posibilidad de hacer una changa hoy no pueden salir a trabajar" y si bien "normalmente dábamos quinientas raciones entre comida y merienda, hoy ese número se vio duplicado".

Ruejas refiere que pese al hacinamiento "existe un alto acatamiento a la cuarentena, porque se está tomando conciencia y por el temor que tenemos a contraer la enfermedad", denunció también que el Gobierno de CABA no viene repartiendo artículos de limpieza como alcohol en gel, lavandina, guantes de látex o jabón en pan "pero sì vienen funcionarios para verificar como funcionan los comedores o si estamos tomando precauciones".

Advierte además que en su barrio "hay un alto porcentaje de vecinos con dengue", otros "que no cuentan con agua potable", elemento esencial para mantener la higiene" y poca "limpieza en las calles de la villa".

Ambos dirigentes reconocieron no haber recibido aún un curso de capacitación o un protocolo para saber cómo actuar ante posibles casos de transmisión del virus.

Por su parte, el sacerdote Eduardo de la Serna, del grupo de Curas en Opción por los Pobres, dijo estar preocupado "por la salud mental de la gente y en especial de los viejos y pidió que el aislamiento de los más humildes se viva en los barrios y no en las casas, pero además, advirtió sobre la "violencia doméstica en el aislamiento".

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