La relación del sindicalismo con el entonces presidente Carlos Menem estuvo marcada por la tensión entre subirse a los "cambios" que impulsó en su gestión o pararse en la vereda de enfrente. Ese debate detonó en más piezas y configuró una relación muy diferente a la oposición cerrada que tuvo el radical Raúl Alfonsín, a quien la Confederación General del Trabajo ( CGT) le sumó 13 paros generales, que asimiló su gestión hasta el final anticipado de mandato. La CGT tuvo roles en la campaña electoral de Menem y, entre otros vectores, el plan de 26 puntos que incluía, la moratoria de la deuda externa.

Bajo la consigna del fallecido mandatario "porque gané, cambié" su gobierno adhirió al "Consenso de Washington". Sorpresa para algunos y apertura de un debate potente en la llamada "columna vertebral" del peronismo para referir a los sindicatos.

La CGT se dividió allí en al menos cuatro grupos: quienes adhirieron a la gestión de Menem a pesar de que había expuesto su faceta liberal, con los Gastronómicos de Luis Barrionuevo a la cabeza; los que privilegiaron una negociación sin confrontar como los "gordos", Bancarios, Mercantiles y otros; el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) que lideraron a Juan Manuel Palacios (UTA) y Hugo Moyano (Camioneros) y consideraban próspero un enfrentamiento desde la unidad sin romper la CGT, y quienes decidieron enfrentarlo desde una nueva central obrera, lo cual dio lugar a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).

Hay dos elementos que no pueden faltar en el repaso, para considerar el escenario en su dimensión y en línea de tiempo: el carisma de Menem y cierta tendencia no siempre maquillada de algunos sectores del movimiento obrero para sopesar y respetar a quien detenta el poder.

A ese punto se puede considerar a la gestión menemista como el período con la ruptura más profunda de las organizaciones gremiales en la unidad siempre pendiente.

Para datos económicos duros y decisiones políticas con impacto que todavía sacuden al país, se realzan privatizaciones, libre mercado, intento de paridad cambiaria y más. Muchas de ellas tuvieron avales del sindicalismo. Vale como ejempo que dentro del nuevo ideario que proponía Menem a sus adherentes hay uno clave. El Programa de Propiedad Participada (PPP), un capítulo de la privatización de las empresas públicas que coronó a los sindicatos con un porcentaje cercano al 10% de la acciones de empresas de servicios antes en manos del Estado. Dato no menor es que la marquesina de esta decisión dejaba en segundo plano otro deterioro para los trabajadores: la flexibilización.

El colega Pablo Maradei, en su libro "Evolución Sindical", sustancia otra decisión fundamental del plan "seducción" de Menem disponer del 3% del salario bruto de los empleados, vía Ministerio de Trabajo de la Nación a las obras sociales sindicales.

"A su vez se generalizaon los aportes solidarios acordados en convenios colectivos por los cuales los trabajadores aportan a los sindicatos sin necesidad de estar afiliados", puntualizó Maradei.

Recién en el segundo mandato presidencial de Menem, 1995 a 1999, la protesta social y los sindicatos que no adherían a sus ejes de gestión fueron en aumento. Con el "equilibrio cambiario" y desde al menos dos tópicos que inclusive ex funcionarios menemistas dejan entrever como "prósperos políticamente en su momento" el rechazo a esa gestión fue en incremento.

Vislumbran allí que para muchos sectores la clase obrera que sobrevivió a la flexibilización/desempleo y "conoció por un rato el paraíso" o la más austera versión del "voto licuadora" y la impronta presidencial sostuvieron su adhesión sobre todo en la clase media.

Muchos de los protagonistas del movimiento obrero de aquellos años continúan en actividad. Incluso algunos debates se modificaron pero mantienen vigencia, entre ellos si el menemismo fue peronismo, verificado incluso en que la resistencia a la era K y hoy al Frente de Todos se traza desde ejes doctrinarios más que discutibles pero defendidos a ultranza por sus mentores.

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