Si bien todos los especialistas coincidimos en la importancia del tamaño cerebral como el proceso más importante que acompañó la evolución cognitiva del ser humano, existen factores que son también muy influyentes y que agregan otras posibilidades. Una de ellas es que existen otros cerebros grandes en la biología; como el de la ballena, el elefante o el que tuvo el hombre de Neanderthal, con un cerebro más grande que el homo sapiens y sin embargo se extinguió.

Por último existen animales con cerebros muy pequeños como los loros que sin embargo son muy inteligentes para el cerebro que detentan. Se ha planteado además la necesidad de tener muchas neuronas cerebrales y mayor consumo de oxígeno, proceso llamado encefalización.

Existe un interesante trabajo de Natalia Goriounova y su equipo de la Universidad Libre de Ámsterdam que adjudica al tamaño del cuerpo neuronal, mayores conexiones y la velocidad de las mismas un grado de importancia muy alto. Esta idea estaba planteada hace tiempo pero este grupo trabajó con células humanas (a partir de la manejarlas en patologías como la cirugía de la epilepsia). Entonces han corroborado la importancia del tamaño neuronal y de su velocidad de funcionamiento, además del tan mentado tamaño encefálico.

Existe en el humano otra células muy importantes que se observan sólo en primates y en cetáceos, que son más que las neuronas comunes. Estas células llamadas de Von Ecónomo por su descubridor estarían relacionadas con la capacidad de autoconciencia, empatía y sociabilidad. Se encuentra solamente en zonas relacionadas con estos procesos: la ínsula, la corteza cingulada anterior y la corteza dorsolateral . Son muy pocas: sólo trescientos mil aproximadamente contra los aproximadamente cien mil millones que tiene el cerebro humano.

El encéfalo se fue diferenciado desde hace seis millones de años cuando nos separamos del linaje de nuestros primos hermanos, los chimpancés; adaptándonos a poder hablar. Evolucionan así los centros del lenguaje oral, para entender y además procesar el movimiento de los complejos músculos del lenguaje.

Mejoró además la corteza cerebral que planifica el movimiento práxico- lingüístico de compresión y de expresión. Recibiendo el cerebro información empática y de neuronas en espejo en corteza prefrontal y la corteza suplementaria, y áreas emocionales que condicionan la subjetividad. También mejora la coordinación el sistema extrapiramidal y el cerebelo, que permiten perfeccionar el sistema práxico, expresivo y tecnológico.

Luego hace aproximadamente 3 millones años apareció el primer bípedo gregario, que se piensa como un peldaño base de nuestra especie: la famosa Lucy (australopithecus afarensis). Con menos pelos que sus ancestros y con cambios en la cintura pélvica y el cerebro que le permitieron la bipedestación; pero todavía con muy baja estatura ( 1.10 cm de altura ) y un cerebro de aproximadamente 440 Centímetros Cúbicos (Cc) de tamaño versus los aproximados 1.400 Cc del humano actual.

Existe otro hecho sustancial, hace aproximadamente 1.8 millones de años derivó del grupo de Lucy una nueva especie, que se considera el comienzo del linaje Homo: el Homo Egaster. Con una configuración mucho más grande y parecida al humano, aunque más robustos y con duplicación de la capacidad encefálica (850 Cc) con mayor destrezas motoras y una mano adaptada a ello.

Su desarrollo cognitivo permite una técnica de tallado de piedras, primero rústicas y luego bicéfalas para generar hachas (llamada la técnica preachelense y achelense respectivamente). Con una clara diferenciación de las áreas corticales cognitivas activadas cuando se tallan piedras de ambos lados. El antropólogo Dietrich Stout describió que con la técnica bicéfala se activan sectores corticales de la cognición motora muchos más complejos, lo cual presume que el comienzo de esta técnica se relaciona con un desarrollo cerebral.

Algunos científicos plantean que el manejo de estas técnicas marca el comienzo del linaje Homo. Se encuentran por este tiempo pruebas de manejo del fuego; proceso revolucionario para la digestión y mejor absorción de alimentos, especialmente carne, y el consecuente aumento de la complejidad del sistema nervioso. Ayudando al aumento cerebral generado por la alimentación diferenciada.

Otra hipótesis sobre el crecimiento encefálico, bastante asertiva plantea que el cerebro podría haber crecido como consecuencia del aprendizaje y la cultura.

Teniendo a esta última como los factores comunes de un grupo, sean costumbres o comportamientos, transmitidos entre sus miembros de una generación a otra por imitación.

Especialmente por el aprendizaje, copia y la innovación creativa posterior, que lleva a los homínidos a alimentarse mejor. Seleccionando y perfeccionando la recolección de alimentos.

Mejorando la capacidad de digestión, la proporción de calorías y proteínas al cual está capacitada para recibir una especie, generando así un círculo vicioso positivo. A mayor aprendizaje mayor tamaño encefálico, así se genera más aprendizaje y cognición. Además de menor tiempo y oxígeno gastados en los músculos con el fin de buscar comida.

Este aprendizaje se basa en un instinto primitivo que sucede en animales como aves o mamíferos inferiores, que es la copia, que genera una nueva conducta subsecuente. Pero en el caso de los primates y más aún en los homínidos, esta copia generó procesos conductuales más precisos. Pero además con capacidad de innovación, lo que genera un conocimiento de mayor calidad.

Esta hipótesis la plantea el biólogo conductual Kevin Laland de la Universidad de St Andrews, quien piensa que el homo sapiens ha desarrollado la capacidad de transmisión social a través de una copia más perfeccionada. Tanto en la capacidad de transmisión como en la de reproducción posterior del evento aprendido.

Se produjo entonces mayor perfección en la extracción de alimentos, de la comunicación de entre los miembros del grupo y el lenguaje complejo humano. A esta teoría Laland la llama la “Sinfonía inacabada de Darwin”.

Existen pocas etapas tan importantes como la niñez para el desarrollo cognitivo y social del ser humano. En este tiempo existe una increíble evolución del cerebro que nos diferencia del resto de las especies. Comienza en el útero alcanzando un gran tamaño encefálico, correspondiendo al importante crecimiento fetal que sucede especialmente en el último trimestre de gestación.

El gran crecimiento durante esta etapa y el voluminoso cerebro del feto humano producen un gran consumo anexo de energía. Muchos científicos piensan que esta situación sumado al gran tamaño craneal hacen necesario nuestro nacimiento precoz respecto a otras especies; incluso comparándolo con nuestro primos los chimpancés que nacen mucho más maduros. Para igualar el grado de madurez al nacer de estos primates, el recién nacido debería tener una gestación de aproximadamente 21 meses de embarazo.

El humano nace muy inmaduro requiriendo de mucha más atención y de un tiempo muy largo para terminar de madurar. Ana Mateos Cachorro del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos, propone que esta lentitud estaría relacionada con el desarrollo encefálico-intelectual y la sociabilidad de nuestra especie.

Se considera que no solo el tamaño cerebral, sino el espacio intersticial neuronal en donde se desarrollan las redes neuronales ayudó como proceso de incremento cognitivo. Este sistema nervioso no sólo se estimula y aprende, sino que produce innovación creativa generando el “impulso cultural” descripto por Allan Willson de la Universidad de California en Berkeley, quien planteó la hipótesis de una relación directa entre tasa de innovación y el tamaño cerebral.

Existe una teoría que plantea que a cerebro más grande, mayor inteligencia y más actividad gregaria. Esta capacidad cognitiva y gregaria del humano estaría relacionada no sólo con el tamaño cerebral y el número de neuronas, sino con el tamaño de las mismas, el espacio intercelular y su velocidad de comunicación.

*Profesor Titular y Director del Departamento de Psiquiatría. Facultad de Medicina, UBA. Doctor en Filosofía. Conicet