Aprender a quererse, apostar por uno mismo, es de suma importancia para nuestra salud emocional. Valorarse, es decir, practicar el amor propio, es algo así como ejercer un sano egoísmo. Éste es un proceso que se metaboliza puertas adentro, en nuestra mente y en nuestras emociones. Es un proceso autorreflexivo que explora tanto las propias virtudes como los defectos. De esta manera se construye la autoestima y una personalidad equilibrada.

En un extremo peligroso de este camino se esconde la vanidad, o sea, el orgullo y la valoración excesiva de los propios méritos y habilidades. Las personas vanidosas dan por hecho que los demás los tienen en muy alta estima y consideración porque se encuentran en un nivel superior. Su personalidad se compone de un exceso de arrogancia y engreimiento.

Uno de los principales rasgos psicológicos que todas las personas vanidosas tienen en común es la soberbia. Las personas altivas no pueden ocultarse fácilmente porque la soberbia las delata. Puede que, en el día a día, su suficiencia y orgullo pasen más o menos desapercibidos; pero en cuanto se encuentran en una situación un poco más comprometida, la soberbia emerge sin posibilidad de ser controlada. Los soberbios presumen de aquello que no tienen e intentan destacar cada vez que tienen oportunidad, desarrollando estilos relacionales conflictivos.

Las personas vanidosas sienten un amor desproporcionado hacia ellos mismos y viven en un mundo de fantasías desmedidas de éxito, poder y belleza. Se sienten arrastrados a adoptar conductas arrogantes que entrañan un fuerte deseo de ser admirado por los demás. Por un lado, quieren demostrar que no les importa ninguna opinión más que la suya propia. Por otro, y paradójicamente, lo que el resto de personas digan sobre ellos les obsesiona, necesitan saber constantemente cómo están consideradas o qué opinión tienen los demás sobre ellos.

La falta de modestia y humildad hace que estas personas se crean en lo cierto por el simple hecho de ser quienes son. Se consideran casi siempre "propietarios" de la razón. No importa la edad que tengan, son personas "que lo saben todo", esas a las que nadie puede enseñar o mostrar nada porque "cuentan ya con un gran rodaje en la escuela de la vida".

Instrumentalizan y cosifican a los demás para alimentar sus pretensiones y su consideración como seres superiores. Muchas veces, la soberbia les produce enfados por detalles o situaciones sin importancia. Y de esta manera muestran un disfraz de puercoespín, donde las púas actúan como barreras defensivas para no dejar que nadie intuya los miedos, las flaquezas de carácter y las debilidades. Aristóteles decía: "Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo".

A menudo suele decirse aquello de que el soberbio y el vanidoso jamás reconocerán sus "pecados". No lo harán porque tienen la nariz tan pegada a su espejo que ni siquiera logran verse a sí mismos. Sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a este tipo de presencias en nuestros entornos que casi, sin darnos cuenta, hemos acabado normalizando el narcisismo y la soberbia. Lo vemos en las élites políticas, lo vemos en nuestras empresas y lo vemos incluso en una parte de las nuevas generaciones.

Disminuir las conductas vanidosas implica escuchar al otro, gozar con su compañía. No hace falta eliminar las diferencias y globalizarlo todo. Es necesario respetar la individualidad y la subjetividad, que no es lo mismo que el individualismo y la superficialidad. Posiblemente esto sea la base para llevar una vida tranquila, serena y poco narcisista. Servir a los intereses colectivos y no a los personales.

"Un pájaro hambriento miraba las aguas infectadas de la costa: ya ningún pez llegaba a las cercanías de la playa. Todos habían huido hacia el océano profundo. Comenzó a morir de inanición. De pronto el ruido de unas lanchas lo sacó de su modorra. Estaban llegando los pescadores con un cargamento fresco. El pajarraco se acercó lo más que pudo. Un pescado reunió sus últimas energías y saltó fuera del canasto para ir a caer exactamente en el pico del ave. Éste emprendió el vuelo, hacia el campo, para escapar. Al ver ese alimento, una bandada de cuervos comenzó a seguir al pájaro. Éste, que no descollaba por su inteligencia, se dijo: -No puede ser que me sigan a mí, no soy tan importante! Cambió de ruta, pero más cuervos se unieron a los primeros. -Qué grande soy! Cómo no se me ocurrió antes! Estos cuervos saben reconocer mis valores! Los cuervos agitaron sus alas, impacientes por devorar el pescado. -Ahora me están aplaudiendo! Soy el jefe que ellos esperaban! Me veneran! Y yo, estúpido, con este cadáver en el pico! Van a creer que soy un muerto de hambre! Arrojó el pescado. Los cuervos se olvidaron de él y comenzaron a disputarse la presa. Por más que gritó, nadie le hizo caso. Tristemente volvió a su roca de la playa, esperando no morir antes de que volvieran otra vez los pescadores."

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