En tiempos de emergencias, como hoy nos toca vivir, es muy importante prevenir procesos de estrés grave que afecten nuestro sistema inmunológico y/o el psiquismo de las personas. En momentos de crisis graves e impredecibles se pueden producir problemas de salud mental muy importantes, en forma aguda o a futuro, como estrés postraumático y/o depresión. Debemos generar entonces procesos de atención que contengan a toda la población para disminuir el riesgo de estas problemáticas.

El dilema que surge es cómo realizar la contención. En este punto, las redes sociales y los medios de comunicación, las web especializadas y los tratamientos vía Skype o Zoom ocupan un rol interesante, pero deben ser usados en forma precisa y consciente, sin generar mayor alarma en la población. De otra forma, serían peores las consecuencias.

Corremos el riesgo de una sobrecarga de información, exponernos a información inexacta, sensacionalista o directamente a fake news. Tomarse un respiro, momentos de silencio, de reposo y fluidez, así como pasar momentos de ocio y sin culpas por no preocuparse por el problema actual, es una indicación. Como ver películas, jugar juegos de mesa, dialogar con seres cercanos y suspender temporalmente la información de la crisis. Limitar la visualización de redes y medios que toquen permanentemente el tema coronavirus es también otro punto central.

Mantener los ritmos horarios diarios (circadianos), a través del reloj u otros estímulos, pero fundamentalmente exponernos a la luz del mediodía, que es la señal biológica más importante, especialmente en los pacientes mayores, para mantener los ritmos biológicos resulta también muy importante.

Es necesario recordar que muchas personas se encuentran solas, poniendo en riesgo su salud mental, especialmente en ancianos. La llamadas telefónicas o verse en Skype en el mejor de los casos no remplazará la visión directa, tocarse u olerse. Especialmente no generará toda la energía empática de verse. Pero al menos es algo.

Deberíamos pensar en el "estrés agudo" que se produce en estos momentos, consecuencia del encierro, el riesgo y la impredicibilidad de esta crisis. Se traduce este tipo de estrés en modificaciones esperables como un aumento del alerta que se traduce en una mayor ansiedad, irritabilidad y alteraciones del sueño.

Estos cambios de las funciones se han asociado al aumento del neurotransmisor noradrenalina. Asimismo, los síntomas primarios del estrés agudo se asocian a disminución de serotonina y alteraciones hormonales, como el aumento de la hormona del estrés: el cortisol, que puede disminuir la inmunidad de la persona.

Se considera al trauma vital como un evento lo suficientemente estresante para hacer suponer o imaginar que se pone en riesgo la vida propia o de terceros cercanos. Actualmente también se acepta que eventos menores, pero permanentes y prolongados en el tiempo, como por ejemplo esta crisis del Coronavirus, actividades forenses, emergencias médicas o policiales, exponen un riesgo similar a un trauma agudo para desarrollar primero "estrés crónico" y luego un posible "estrés postraumático", habiendo aproximadamente un cincuenta por ciento de pacientes que lo padecen ante un exposición.

Las afecciones generadas por un evento que arriesgue la vida pueden generar problemas de revivir el trauma en forma permanente, afectar la memoria y generar evitaciones ambientales generalizadas, produciendo un cuadro de disrupción social de los sujetos.

Aproximadamente la mitad de las personas son expuestas a una injuria vital a lo largo de su vida, aunque no todas conllevan a un "estrés postraumático" dependiendo la gravedad del mismo. Pero si el evento es muy grave, como violación o secuestro, se produce en más de la mitad de las personas; si el evento es leve, sólo llega al diez por ciento.

Es decir, no lo desarrolla quien quiere, sino quien puede. Dependiendo de las condiciones previas, como la personalidad, situación social y genéticas, puede expresarse una patología traumática posterior, produciendo una enfermedad muchas veces desconocida, pero con mucha afección como el estrés postraumático.

El estrés postraumático es una enfermedad que, además de afectar lo antedicho, genera mayor sensibilidad a padecer otros problemas de salud como una depresión asociada. Es decir que existen personas más resilientes para padecer la enfermedad traumática y otras más susceptibles, dependiendo de las características particulares de cada individuo. Múltiples factores son los que intervienen determinando la epigenética (expresión de genes que estaban en silencio y se activan por diferentes cuestiones).

Existen modificaciones cerebrales secundarias al estrés postraumático. Por ejemplo un aumento de la actividad de la amígdala del cerebro, lugar que marca la memoria emocional, generando el alerta al peligro y activando hacia la lucha.

Otras funciones cognitivas relacionadas con el aprendizaje normal, como la memoria consciente, se ven también afectadas. Esto se debe a que el hipocampo, que sirve para esta memoria consciente declarativa, disminuye de tamaño afectando los recuerdos. Se afecta la zona prefrontal de la corteza, generando alteraciones atencionales y en la capacidad de concentración; además de la emoción, la autoconciencia (la conciencia de sí mismo) y la empatía o cognición social (la conciencia de lo que le pasa al otro).

Por último, otro problema que con llevará grandes consecuencias, como cambios en la calidad de vida y riesgos graves será la "depresión mayor", pudiendo ser producida por eventos graves seculares del estrés agudo grave y/o crónico, o también en pacientes que ya lo padecen de antemano. Por lo cual debe prestarse mucha atención a estos casos, dentro del esquema de emergencia de la salud general. Se calcula que se suicidan 3000 personas por día en el mundo. Cifra muy alta y que produce un quiebre en la presencia en los instintos de supervivencia. Deberíamos saber si esta nueva crisis ha aumentado esta crisis vital a nivel mundial.

La depresión constituye la problemática más frecuente entre las enfermedades que afectan la salud mental, a partir de una angustia desmesurada y es la patología por la cual se solicitan más licencias laborales.  

Scott Langenecker de la Universidad de Illinois de Chicago, ha descripto a través de estudios de neuroimágenes que diferentes zonas cerebrales relacionadas con la depresión están desconectadas. Observó que la amígdala cerebral (zona relacionada con la función afectiva) presenta una desconexión con el sistema emocional en personas que han presentado episodios depresivos, aún en si se encuentra remisión. Es así que hay una persistencia de riesgo de recidiva de este tipo de trastorno en pacientes que lo han sufrido . Aumenta así la susceptibilidad a tener una recaída, dada la alteración funcional persistente. Estos pacientes se podrían encontrar en este momento en grave riesgo vital, entre el estrés y la sensación de riesgo sanitario inminente o la pérdida de un ser querido. No podemos esperar, debemos prevenir. Ya existen módulos conjuntos de emergencias que piensan en esto y los que muchos estamos trabajando.

La última epidemia grave, que fue la gripe española en plena Primera Guerra Mundial, fue tan importante que llegó a suspender por semanas la terrible guerra y probablemente influyó para que ésta termine. La peste medieval del 1300 replanteó al medioevo y dio comienzo a las ideas renacentistas. Nacen obras revolucionarias como el Decamerón de Boccaccio (considerada la primera obra literaria del renacimiento), en la que un grupo de jóvenes ricos se aíslan de la sociedad para evadirse de la peste negra del 1348 y modifican sus hábitos puritanos, comunes hasta entonces. 

No sabemos todavía el alcance y las consecuencias mentales de esta crisis. Sin embargo, ya debemos actuar intensamente y evaluar posteriormente el impacto en los individuos y en la sociedad. Podremos entonces descubrir posibles nuevos paradigmas y consecuencias que se generen en nuestra cultura.

*Doctor en Medicina y en Filosofía. Director Ineaar. Prof. Titular UBA. Conicet