"Ojo por ojo y el mundo acabará ciego"
Mahatma Gandhi

El cerebro produce varios mecanismos instintivos de lucha. Parecería ser que uno de ellos es la revancha, pseudojustificación racional motivada de las guerras. Podría ser un sentimiento que ha permitido sobrevivir a nuestra especie, organizando especialmente a los grupos gregarios no solo como defensa de otras especies sino como estructuración de los sistemas grupales, que deben tener una ecología de sus integrantes.

Existe un instinto del hombre que lo lleva a la lucha y a la protección de sus crías y de su nido: el instinto de combate, que también podría asociarse con el de venganza. Es decir, la búsqueda de equidad que realizan desde los animales más o menos desarrollados hasta los humanos.

Sin embargo, esas son luchas individuales de supervivencia. Las defensas grupales, y más aún las conquistas que buscan pueblos enteros, muchas veces más para supervivencia de su estirpe, quedan muy lejos de este sentimiento primitivo.

La guerra es definida como la violencia planeada y organizada; diferente a la violencia individual espontánea y con pocos contrincantes. La guerra, entonces, no es una acumulación individual de hechos violentos en una comunidad sino que tiene su propia lógica, como dice Jurg Helbling, etnólogo de la Universidad de Lucerna. Este investigador del tema ha estudiado grupos nómades pero arcaicos, en donde no aparecen guerras sino solo eventos esporádicos y espasmódicos individuales.

Puede que el ser humano sea el único ser biológico que genere guerras. Pues, si bien existen enfrentamientos entre animales, en ningún caso se plantean con la planificación, la masividad y el plazo necesario para considerarlo un acto bélico. Son simples escaramuzas espontáneas e impulsivas, que disminuyen conflictos sexuales o territoriales en escala muy menor, que además podría definirse como una toma de decisión a corto plazo, siendo la guerra una toma de decisión especialmente a largo plazo y planificada.

Los procesos de violencia grupal dependen de ciertos criterios condicionantes. Entre ellos, el sentimiento tribal, la priorización de la violencia ante el altruismo, la pérdida de la subjetividad y un sentimiento de anonimato. Este último, por cierto, bastante debilitado a partir del avance tecnológico, por ejemplo cámaras, redes y avance de la ciencia forense, una cuestión que todavía no se encuentra totalmente consciente en la población y debería utilizarse como condicionante educativo.

Diferencias por el territorio (propiedad), creencias (religiosidad) o de pertenencia grupal (nacionalismo, club de fútbol, tipo de deporte, etcétera) pueden ser evocadas como instancias que provocan identificación tribal, generando tomas de decisiones alteradas, muchas veces injustas y/o violentas o denotando ideas y sentimientos incoercibles, pudiendo llevar a conflictos bélicos o a su sublimación: una competencia deportiva o por algún premio.

Dice el investigador David Chester, de Virginia Commonwealth University, que la venganza es en cierto modo un subtipo de agresión. Por lo tanto, no es solo un sentir, como parecería, sino que puede llevar a la acción. La recompensa es un combustible necesario para que se genere la revancha, que motiva y a la vez permite justificar los actos vengativos como reacción. Pero para que se produzca como proceso conductual debe existir cierta recompensa instintiva que mejoraría la angustia reactiva ante una injusticia que la persona o el grupo ha padecido.

Chester observa que no solo se utiliza la venganza para satisfacción ante una injusticia sino que pareciese que este instinto puede dispararse como fenómeno puramente placentero en el ser humano. Algo realmente problemático. La justicia en la sociedad actual puede ser la sublimación de la revancha, pero se debe considerar que son sentimientos complejos del homo sapiens, pudiendo convertirse en acciones muy graves, satisfaciendo los instintos más crueles de nuestra especie. El ser humano presenta un campo de lucha permanentemente entre el altruismo y su instinto violento. Dependiendo de quien gane, se priorizará el control social o la agresión hacia otros.

Para justificar los eventos de violencia, las personas suelen utilizar el "razonamiento motivado", que podría asemejarse al funcionamiento de los sistemas de creencias. Es decir, ideas que tienen algo de razón pero que contienen componentes emocionales como la identificación partidaria, religiosa o de otro tipo de cuestiones como la política, el deporte o la ecología. Los sistemas de creencias producen la expectativa de confianza, impactan sobre la función emocional, racional y corporal de las personas. Se generan sobre alguna idea; es decir, creer en algo o en lo contrario, la idea negativa. Por ejemplo, no creer que un medicamento será efectivo.

Aparece entonces un "sesgo partidista", que sería como una desviación cognitiva hacia el grupo con el que identifica la persona. Existe en consecuencia lo que los estudiosos del tema llaman un "sesgo de confirmación", con una tendencia a interpretar las propias expectativas y que refiere a la propia ideología, como plantea la investigadora Michela Del Vicario.

Difícil actuar entonces contra el sistemas de creencias. Se conoce que dentro de estas cuestiones están las ideas políticas, religiosas o de placebo, que nos hacen confiar o desconfiar según sea la afinidad con el planteo o con quien lo plantee. Igualmente dificultoso es ir en contra de las ideas arraigadas emocionalmente en el sistema cerebral límbico emocional subcortical.

Brian Fergunson, antropólogo de la Universidad de Rugers y especialista en este tema, descree del instinto guerrero social primitivo y emparenta la violencia guerrera con el crecimiento grupal y el sedentarismo, que otorga una identidad colectiva, tribalismo y el sentimiento de propiedad.

Existen así controversias sobre si la especie humana es naturalmente guerrera o se convierte a partir de procesos de sedentarismo y de territorialidad. Aproximadamente, hace 10.000 años, cuando finalizó la etapa nómada de cazador-recolector, el homo sapiens adquirió hábitos sedentarios y gregarios más estables, asociados al comienzo de la agricultura.

Aunque en tumbas prehistóricas aparecen puntas de lanza y otras posibles armas de piedra, los antropólogos no aseguran que sean los causales de muerte sino que más bien corresponden a rituales fúnebres, en los que al humano le depositaban estos elementos. Si bien existe como fenómeno universal, la violencia no ha llevado a guerras en las comunidades nómadas. Solo con el sedentarismo, en el Medio Oriente empezaron las guerras planificadas y el Estado como entidad organizadora. Los grupos nómades arcaicos, y algunos actuales en el África, resuelven las cuestiones con negociaciones, apelando a rituales de lucha o escaramuzas esporádicas.

El sedentarismo y el aumento gregario llevan a la toma de decisiones a largo plazo sobre luchas programadas, especialmente con disputas territoriales y de propiedad.

El afamado psicólogo Steven Pinker, de la Universidad Harvard, plantea que se habría producido una mejora en contra de la violencia en la sociedad si la mujer ocupara un rol más activo a partir de incorporar mayores derechos. Pues, estadísticamente, el hombre joven es un sujeto mucho más violento

Pinker postula, además, que el comercio, con los acuerdos a largo plazo, y la imprenta, que permitió comunicarse y alfabetizarse, habrían contribuido en la disminución de la violencia y las guerras en la actualidad. La capacidad de lectura pudo generar componentes de empatía e identificación con el sufrimiento del otro, como por ejemplo al poder ponerse en lugar de otra persona metacognitivamente. Esperemos continuar en lo cierto, en momentos conflictos y con alta tecnología destructiva.

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Ignacio Brusco

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