"Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, para no descubrir cuando tuviera que morir, que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida pues vivir es caro"

El texto es del filósofo y poeta David Thoreau quien decía que lo peor que nos puede pasar es llegar a la muerte descubriendo que no hemos vivido deliberadamente. Porque vivir no es solo existir, respirar o mantenernos adheridos a una rutina que termina con las pasiones, que opaca la motivación e incluso el impulso creativo o el principio de libertad. Es posible vivir sin vivir: vivir con el piloto automático puesto, dejarnos llevar por la inercia.

En su libro "Walden" animaba a diferenciar lo importante de lo trivial. Volver a nuestras esencias, quedarnos con lo mínimo y focalizar la mirada en el momento presente. Vivir de una forma tan intensa y espartana que pudiese prescindir de todo lo que no es auténtico. Existir, ser y actuar de forma deliberada es, por encima de todo, atreverse a tomar mejores decisiones.

Toda vida significativa parte de la sencillez, de saber diferenciar lo importante de lo relativo. Aunque nos cueste creerlo, esta es nuestra eterna asignatura pendiente. Seguimos cargando sobre nosotros un exceso de preocupaciones y una cuota desmesurada de dimensiones que no nos son útiles. Vivir deliberadamente es tener pasión, es aprender cada día y, al hacerlo, abiertos a cualquier descubrimiento y misterio, alcanzar el bienestar y la satisfacción. Menos materialismo y más ser.

Vivir en plenitud es un proceso donde se puede entender que somos más de lo que hemos hecho o conseguido. Es apreciar nuestra mágica esencia y comprender que somos un bien muy preciado. Vivir en plenitud es posible gracias a la valoración de lo que hemos vivido y de lo que somos. Darnos cuenta de que tenemos más de lo que pensamos. La plenitud es, al fin y al cabo, un despertar y, ante todo, una toma de conciencia sobre quién somos para vivir con mayor equilibrio.

Vivir en plenitud es lo opuesto a vivir en el vacío. No somos lo que hacemos, somos lo que llevamos en el interior. Somos pasión, esperanza, optimismo, determinación. Estar bien con uno mismo no tiene precio; es una artesanía psicológica, el arte de la apreciación personal inteligente. Sentirse bien es, por encima de todo, dar forma a una paz interna que nadie debería perturbar. "Ser uno mismo en un mundo que constantemente trata de que no lo seas, es el mayor de los logros" decía Ralph Waldo Emerson.

La plenitud va muy unida a la madurez. Lamentablemente todos nosotros aparentamos una madurez eficaz, triunfante y muy válida para esta sociedad donde se necesitan personas preparadas y muy cualificadas en infinitas habilidades y capacidades. No obstante, cuidado. Nos limitamos a "llenar" nuestras mentes, pero no entrenamos nuestra habilidad emocional. "La madurez es aquella edad en que uno ya no se deja engañar por sí mismo", afirmaba también Emerson. La madurez emocional es una inversión cotidiana, es un despertar continuado hacia uno mismo y hacia los demás.

Deberíamos anhelar estar bien con nosotros mismos y entender que, con madurez emocional, manejaremos mucho mejor nuestras relaciones interpersonales y construiremos una mejor convivencia. No se puede evolucionar y crecer como ser humano íntegro sin desarrollarse y madurar emocionalmente. No hay sociedad madura sin individuos íntegros. La inmadurez política, social y educativa que rige nuestra cultura es expresión de la inmadurez emocional de los individuos que la integran; bajo la apariencia de adultos, la gran mayoría son seres que evolutivamente apenas superan la temprana niñez o pubertad. El crecimiento emocional y la madurez son la base de las relaciones sanas y de una sociedad madura.

"El primer día en la universidad, nuestro profesor se presentó y nos pidió que procuráramos llegar a conocer a alguien a quien no conociéramos todavía. Una mano me tocó suavemente el hombro. -Hola, buen mozo. Me llamo Rose. Tengo ochenta y siete años y por fin ingresé.

Nos hicimos amigos enseguida. Durante ese año Rose se hizo muy popular en la universidad.

Al terminar el semestre, la invitamos a hablar. Un poco avergonzada se inclinó sobre el micrófono y dijo simplemente:

-"No dejamos de jugar porque estamos viejos; nos ponemos viejos porque dejamos de jugar. Para mantenerse joven, ser feliz y triunfar, hay que tener un ideal. Cuando perdemos de vista nuestro ideal, comenzamos a morir. ¡Hay tantas personas caminando por ahí que están muertas y ni siquiera lo saben!. Hay una gran diferencia entre ponerse viejo y madurar. Todos podemos envejecer. No se requiere talento ni habilidad para ello. Lo importante es que maduremos.

Rose terminó sus estudios Una semana después de la graduación, murió tranquilamente mientras dormía.

Más de dos mil estudiantes universitarios asistieron al funeral para rendir tributo a la maravillosa mujer que enseñó con su ejemplo, que nunca es demasiado tarde para llegar a ser todo lo que se puede ser."

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