Gestionando el dolor emocional
Debemos poder elegir nuestra actitud frente a la adversidad
Hay algún tipo de dolor al que no nos queremos enfrentar. Es la herida emocional que se creó de las dificultades. Es el desengaño, la traición, la injusticia, la humillación, el abandono. Y no hay nada más doloroso que intentar aparentar estar bien cuando algo nos está lastimando por dentro. Normalmente los golpes nos pillan por sorpresa y nos causan tanto pesar que procuramos evitarlo, haciéndonos expertos en evadirnos de lo doloroso de la vida.
Existen ataduras emocionales que nos quitan la energía, la libertad, la capacidad de crecimiento. Son bloqueos conformados por decepciones, por heridas, por vacíos, por seguir apegados a relaciones dolorosas y ciclos aún no cerrados. Así, liberarnos de estos enredos mentales requiere de una artesanía psicológica muy precisa con la cual permitirnos avanzar sin dolor, sin miedo.
Algunos hechos no resueltos del pasado pueden haberse cristalizado en forma de nudos emocionales. Esta analogía no puede ser más acertada. De algún modo, esos estados psicológicos ejercen una presión dolorosa en la mente, hostigan el corazón y nos quitan el aire aferrando a su vez la mirada al retrovisor del pasado y perdiendo nuestra capacidad de aprovechar el presente.
Los nudos emocionales no se deshacen por sí mismos. A veces, no basta con tirar de un extremo para que ese lazo o esa cuerda quede libre. A veces ejercen cada día más presión y mayor sufrimiento: el dolor que persiste, la molestia que se niega a desaparecer; es una deuda emocional con nosotros mismos. El dolor emocional no es fácil de gestionar porque a veces es muy intenso y se acompaña de falta de energía o confusión.
Un nudo emocional nos predispone de muchos modos: nos paraliza o nos impulsa a huir. También nos atenaza, impacta sobre nuestros músculos, sistema digestivo, sistema cardiovascular. El esperar a que ese nudo se resuelva por sí mismo hace que éste se vuelva más complejo. A todos nos ha ocurrido alguna vez. Casi sin saber cómo, esos cordones de las zapatillas o incluso el cable de nuestros auriculares se han enredado en un nudo tan complejo que, por un instante, hasta perdemos la paciencia.
El sostén emocional es una forma de contención. A veces, necesitamos sentirnos arropados, cobijados, con esa sensación de que nada puede pasarnos. Quizás con un abrazo, una sonrisa, un pensamiento o unas palabras bastaría. Porque lo que necesitamos en el fondo es ese algo que ejerza como un sostén emocional; es decir, un mecanismo de seguridad que nos proteja cuando las circunstancias nos amenazan o no son como deseamos.
Un sostén emocional nos ayuda a sentirnos mejor, ya sea cuando tenemos miedo o cuando nos encontramos agobiados. Es como ese andamio que necesitamos para salir de situaciones difíciles. Esas personas que nos impulsan, nos acompañan y nos quieren. Esas que no dudan en darnos la mano cuando el gris amenaza con pintar nuestra vida.
Es una forma de enfrentar los problemas con amor. Es decir, a través de ese apoyo, podemos resurgir, aprender de la situación y encontrarnos con nosotros mismos. Si carecemos de él podríamos dejar de encontrar sentido a la vida, establecer relaciones tóxicas o sentirnos vacíos. Gracias al sostén emocional, podemos incrementar nuestra confianza, disminuir los riesgos de dolor, mejorar los vínculos con nosotros, con los demás y con la naturaleza, favorecer los procesos de organización de experiencias, liberar tensiones, mayor motivación, disfrutar de una mayor sensación de seguridad.
Pero llega un momento en que debemos ser emocionalmente independientes. Implica convertirnos en nuestro propio centro, hacernos responsables de lo que sentimos y no ceder ese poder a otras personas. Implica, en definitiva, elegir nuestra actitud frente al conflicto y al dolor.
Una mujer viuda tenía un hijo al que adoraba. Era feliz, hasta que su hijo enfermó y murió. El dolor la atravesó entonces de parte a parte. Y, como era incapaz de separarse de su hijo, en lugar de enterrarlo, lo llevaba con ella a todas partes, ante la inquieta mirada de sus vecinos, que la miraban con una mezcla de lástima y extrañeza.
-Se ha vuelto loca- decían muchos…
Un día, la mujer se enteró de que el gran Maestro estaba cerca, en el bosque, y decidió acudir allí con su hijo a cuestas.
-Por favor, Maestro- dijo entre sollozos la mujer- Devuelve la vida a mi hijo.
El Maestro la miró compasivo y dijo: -Le devolveré la vida si consigues traer un grano de arroz de una vivienda en donde no haya muerto nadie.
La mujer se fue deprisa al pueblo y fue llamando casa por casa en busca de ese grano de arroz. Pero, para su sorpresa, todas las familias recordaban a algún fallecido.
-Murió mi tío…
-Hace poco que murió mi padre…
Ya de noche, la mujer volvió al bosque totalmente vacía. Ya no llevaba el cuerpo de su hijo.
-¿Y tu hijo? ¿Dónde lo dejaste?- preguntó el Maestro.
-Lo enterré junto a mi marido… Ya no existe. Por favor, deja que aprenda de tus enseñanzas…
Y el Maestro dijo: “El dolor es inevitable; el sufrimiento, opcional”.

