Convencida de que el sistema científico tecnológico es el resultado del trabajo mancomunado que va "desde las personas que investigan hasta las que limpian", la física Adriana Serquis asumió la presidencia de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) con el desafío de volver a poner al organismo como el gran "articulador" de la energía nuclear en Argentina.

"Muchas de las tecnologías relacionadas con las nuevas energías dependen del desarrollo de materiales, y para desarrollarlos y optimizarlos hace falta caracterizarlos", explicó a Télam la investigadora que ganó el Premio Houssay Investigador Joven en 2007, el Premio Konex en 2013 y un año después logró el Premio Nacional LOréal-Unesco Por las Mujeres en la Ciencia.

Serquis también es integrante de Trabajadoras del Centro Atómico Bariloche, un colectivo para visibilizar el rol de la mujer en la ciencia.

—La CNEA es un organismo con proyectos muy diversos, ¿por dónde comenzará a trabajar?
—Nuestra idea es potenciar todas las líneas de trabajo, pensar la misión institucional del organismo y poder darle el marco de articulador en el área de energía nuclear, de medicina nuclear y de otras áreas relacionadas con la tecnología, la industria, la minería; es decir, recuperar ese lugar de coordinación y articulación con todos los sectores que la CNEA tuvo alguna vez.

—Desde hace años forma parte del colectivo Trabajadoras del Centro Atómico Bariloche, ¿qué impacto tuvo el movimiento Ni Una Menos en el ámbito científico?
—Lo primero que me parece importante es reconocernos trabajadoras de la ciencia, porque la ciencia no se desarrolla solamente con las doctoras en física, en química o en biología sino también junto a las que hacen el soporte, las que organizan el lugar, las estudiantes, la personas que hacen divulgación, prensa, las que diseñan los folletos, las que limpian, las que articulan con las universidades y con las empresas. Todo ese trabajo mancomunado es parte del sistema de ciencia y técnica.

—¿Cuál es el rol de la ciencia en este contexto social?
—Ese "ethos" que rodea a la palabra ciencia de objetiva, imparcial y sin intereses, hay que reconocer primero que no es cierto, que estamos insertos en una sociedad y que hay sesgos conscientes o inconscientes que nos llevan a un lado o a otro. En ese contexto, una ciencia digna es aquella en la que todas las capacidades que se van desarrollando están puestas al servicio del bien común. El conocimiento nos da poder, y ese poder es el de modificar la realidad.