"Pinto de mi memoria las impresiones de mi infancia"
Edvard Munch

Existen varios estudios sobre la memoria de los niños en sus primeros años. Quizá sería mejor decir, sobre el olvido que sucede en los primeros tiempos de vida. Nuestra especie ha desarrollado muy fuertemente esta función tan importante. Sería una especie de "hard" en la que se engranan los diferentes "soft" cognitivos, como el lenguaje o la ejecución de un instrumento.

La memoria consciente es la llamada también declarativa, que generalmente se conoce como memoria. Sin embargo, contamos con otras memorias que son inconscientes como, por ejemplo, la de procedimiento, la emocional y la adictiva.

No se recuerda casi nada conscientemente antes de los tres años de edad, a pesar que muchas investigaciones muestran que los niños en ese momento pueden recordar lo sucedido los días anteriores, pero luego olvidan esos eventos. Las especialistas en neurodesarrollo Patricia Bauer y Matina Larkina de la Universidad de Emory, evaluaron preguntas a niños de cinco años sobre eventos de la infancia temprana y recordaban menos del cuarenta por ciento de la información de su infancia temprana. Ya a los nueve años no recordaron casi nada. Es decir que con el tiempo se va perdiendo casi toda la información de la primera infancia.

Esta amnesia infantil no impide el impacto que en el cerebro y la función psíquica produce la información recibida en los primeros años de vida. Por ejemplo, una injuria en ese momento clave de la vida podrá generar procesos que producirán profundas modificaciones en el psiquismo; asociado a modificaciones de expresión de los genes (epigenética).

Existen improntas en las memorias inconscientes, tanto emocionales, adictivas o de procedimiento que impactarán en la mente del niño y del futuro adulto, para bien o para mal.

Es conocido que en neurociencia se considera al olvido como una función necesaria de la memoria. Pues sólo se recuerda a lo que se le otorga carga emocional, siendo la memoria más "un proceso del olvido que el recuerdo". Desde hace mucho tiempo se considera al olvido como un proceso central para el funcionamiento del aparato psíquico.

Es decir, lo contrario de memorizar sería olvidar. Así, el olvido sería un función necesaria para lo que se recuerda. Sin embargo se considera que estos procesos no recordados generan cambios funcionales y/o estructurales, tanto en lo funcional como en lo estructural.

El olvido es enorme en comparación a lo grabado; es esencial para funcionar correctamente y generar procesos de aprendizaje, claves para la correcta toma de decisiones. Toda la información es seleccionada, aunque probablemente sin borrar procesos neurológicos subconscientes, pues sería imposible recordar toda la información.

Se plantea, sin embargo, una discusión sobre el impacto que genera este proceso sobre la cognición. Existen memorias que, aunque no se pueden evocar en forma consciente, generan cambios en el sistema nervioso, como evidentemente sucede en los niños pequeños, momento en el que se empieza a recordar. Algunos tipos de memoria sólo son evocados en cuestiones operativas o emocionales, modificando posteriormente la conducta. Dicho esto, la memoria consciente es una función cognitiva que sufre procesos de olvidos constantes.

Los mecanismos fisiológicos de olvidos que ocurren en la niñez temprana son parte del ciclo vital, en el que no recordamos qué ha sucedido. Aparentemente este tiempo ocurre un recambio neuronal a nivel del hipocampo cerebral. Luego se estabiliza y se recuerda lo sucedido en la infancia, primero en forma difusa y luego mucho más concreta. Llamativamente, a partir de que se comienza a recordar, serán estos los momentos más difíciles de olvidar.

Existen varios trabajos que observan que en ratas con estimuladores de neurogénesis del hipocampo olvidaban más rápido sucesos traumáticos. Algo parecido se piensa puede ser el mecanismo productor de la amnesia en el infante. Ya en el adulto, la posibilidad de neurogénesis hipocampal es impensada, algo que se confirma en la enfermedad de Alzheimer, en la que aumenta la muerte neuronal en hipocampo; sin posibilidad de reversión.

Una investigación de David Glanzman, de la Universidad de California, observó que la cantidad y ubicación de sinapsis pueden modificarse, pero quedan grabadas en el cuerpo de la neurona, sus proteínas y sus ácidos nucleicos. Pudiendo regenerarse a través de enzimas y proteínas con la información y ante un nuevo estímulo recuperar los datos.

El neurólogo Takao K. Hensch de la Universidad de Harvard observó que existen células que trabajan coordinando a las neuronas inmaduras. Estas se prenden o toman sincronía reguladas por el neurotransmisor inhibitorio GABA (Gamma amino butírico). Otras sin embargo no coordinadas se apagan y dejan de funcionar, hasta morir.

El niño nace con más neuronas que el adulto. Entonces algunas células deben desaparecer. Dependerá del estímulo externo y el momento del mismo para que esto suceda. Está células trabajan entonces con este neurotransmisor (GABA) que coordina la sincronización de las mismas. Absorben la nueva función y generarán más sinapsis entre ellas. Aunque las que quedan fuera del circuito no servirán más, por lo menos para esa función.

El cerebro del bebé se encuentra ávido de información. Sus neuronas se encuentran anárquicas, como en una clase donde todos los niños hablan y no aprenden. Entonces el profesor que ordena la clase son las neuronas gabaérgicas en cesto, una especie de director de orquesta. Así, las otras neuronas alumnas se coordinan y las que no, serán suspendidas y expulsadas del sistema.

El sistema gabaérgico es inhibitorio y podría ser pensado como tal, en este caso, sin embargo, es un organizador que ayuda a recordar. Hensch describe que existirían mecanismos que evitarán la producción de nuevas sinapsis; controlando un nicho temporal de incorporación de la información. El más descrito es el de la red perineuronal (constituido por una sustancia cartilaginosa llamada proteoglucanos). También se describen moléculas inhibitorias de la plasticidad como las Histonas y la Lynx1 que inhiben genes y receptores respectivamente. Estas sustancias suspenden los procesos de incorporación de nuevos mensajes. Son las que limitan el tiempo.

Por otro lado no todo el cerebro, ni todas sus funciones presentan este mecanismo con la misma intensidad. Existe una hipótesis sobre este proceso temporal que resulta interesante y plausible. Las células en su inmadurez padecen cierto descontrol y avidez por información y requieren de mucho gasto energético consecuentemente.

Algunos investigadores del neurodesarrollo infantil adjudican el borrado de la memoria a la maduración del proceso cognitivo, especialmente el lenguaje. Que genera modificaciones de cerebrales y neuropsicológicas. Sin embargo, probablemente sean concomitancias cognitivas, entre tantas que suceden en el desarrollo y la evolución del cerebro.

Ya a los dos años de edad el cerebro equivale al setenta por ciento del tamaño cerebral del adulto, es decir que el niño desarrolla gran parte del cerebro muy tempranamente, aunque terminan de madurar a los treinta años, siendo la especie que tiene la maduración cerebral más lenta y más etapas diferenciables de todas las especies probablemente por la complejidad intelectual adquirida por el homo sapiens.

La madurez del cerebro humano genera un conjunto de funciones combinadas que requieren de espacio y posiblemente se deba olvidar cuestiones de la primera infancia, para luego desarrollar un cerebro tan impactante.

*Neurocientífico. Doctor en medicina y doctor en filosofía. Investigador del Conicet