La necesidad de respetar la distancia social y los protocolos contra el contagio de coronavirus en Argentina generó dificultades inéditas a la hora de llevar adelante la asistencia en comedores y merenderos.

Tuvimos que cambiar totalmente nuestra forma de trabajar”, contó Silvia Saravia, coordinadora nacional de la organización Barrios de Pie. “Antes la mayor parte de los chicos (y también adultos) que venían a pedir comida lo hacían en un espacio físico, venían a comer al comedor, y tuvimos que pasar a armar viandas”, que reparten por las casas. Como complemento, el movimiento social impulsó las ollas populares.

El comedor El Atardecer de Villa Fiorito, en el partido bonaerense de Lomas de Zamora, también prepara los tuppers para que las familias pasen a buscar, mientras que antes hacía la merienda o el almuerzo en la vereda. Los comedores del Frente Popular Darío Santillán, por su lado, implementaron un sistema de turnos para comer en cada lugar, “para que si llega a haber un contagio no se tenga que cerrar el comedor o merendero por contacto estrecho”, explicó Dina Sánchez, vocera de la organización.

Ya desde antes de la pandemia, los comedores se ven obligados a limitar el tipo de comida que preparan, dado que algunos productos son inaccesibles. Las preparaciones que se pueden cocinar con los recursos disponibles son guiso, sopa, fideos con tuco, albóndigas, polenta, entre otras. “Otra cosa no se puede hacer. Es lo que rinde para poder repartirlas”, indicó María Luisa Corso, trabajadora del merendero, que recibe sólo 10 kilos de carne por semana, algo de papa, cebolla y zanahoria, y alguna otra verdura de vez en cuando.

Con la pandemia pudimos mantener las mismas preparaciones, pero tuvimos que comprar más cosas. A veces no teníamos fruta que alcance para todos”, agregó la trabajadora del comedor El Atardecer. Si bien antes intentaban darle una fruta a cada chico, ahora “para familias con seis o siete chicos les tenemos que dar tres frutas para que alcance para todos, porque hay mucha gente”.


En el caso de los comedores de Barrios de Pie, reciben alimentos secos desde el Gobierno de la Nación, y “se complementa eso con compras”, que se realizan en mercados centralizados, “que ‘tiran’ fruta y verdura que ya no pueden vender”, o “se piden donaciones a verdulerías cercanas”. Pero con la pandemia, “la imposibilidad de trasladarse fue un límite grande”, por lo que apelaron más a la solidaridad de comercios de cercanía.

“La carnicería del barrio, la pollería, te dan alitas o menudos, carcasa, cosas más baratas que las donan; también con verdulerías y panaderías que donan las facturas y pan que les queda”, pero “carne es muy difícil de conseguir”. Algunos integrantes de Barrios de Pie se las ingeniaron para conseguir un poco, ya que “compraron carne para el comedor con la Tarjeta Alimentar” en caso de tenerla. De todas formas, la falta de acceso a carne no es culpa del Covid-19, sino que es un problema que viene desde hace años.

Mujeres protagonistas

En el comedor El Atardecer, quienes se encargan de preparar, cocinar y repartir la comida, así como limpiar el lugar, son tres mujeres y un hombre que realizan las mismas tareas a la par, y otro hombre que ayuda con el traslado de mercadería y las garrafas, “el trabajo más pesado”.

Pero en el caso de los 2.300 comedores que tiene Barrios de Pie en todo el país, la mayoría de quienes trabajan en ellos son mujeres, según afirmó Saravia. De por sí, el 65% de las personas que integran la organización en distintas tareas son mujeres, y “en el tema alimentario” su presencia es mucho más “masiva”. Algunos comedores incluso están 100% a cargo de mujeres, sostuvo. “En las ollas populares hay más varones en general, pero cuando hay crisis más profundas, una desocupación alta y una pérdida de trabajo importante, los varones aparecen más. Aún así, seguimos siendo más mujeres”, indicó a este diario.

Con respecto a las tareas que realizan en el funcionamiento de los comedores y merenderos, Saravia aseguró que “no hay una división” entre hombres y mujeres, sino que es parejo, como sucede en El Atardecer. “Hay muchos varones que les gusta cocinar y se ponen al frente. En muchos casos cocinamos con leña, sobre todo en el interior y el conurbano. Pero la búsqueda de la leña, que se asocia a los varones, en muchísimos casos la hacen las compañeras”.

Otra forma de cuantificar el sesgo feminizado en la asistencia alimentaria se puede hacer a partir de los datos de las inscripciones en el Registro Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (Renatep). De las 1.749.632 personas registradas hasta diciembre, 57% son mujeres y 43% hombres. Entre el total de inscriptos, el rubro predominante es servicios sociocomunitarios, que representa el 32%; dentro de ese sector, el 61% de las personas trabajan en comedores y merenderos comunitarios. Esta rama se caracteriza por ser “muy feminizada”, como ya lo explicó a BAE Negocios la directora del Renatep, Sonia Lombardo.

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