Mundial y sociedad

Cincuenta días, noventa minutos fuera del encuadre

El fútbol y otros eventos masivos demuestran que la atención global se ha convertido en un activo estratégico, donde los relatos dominantes suelen desplazar temas críticos como crisis humanitarias o conflictos.

Mientras millones de personas observan una cancha iluminada, celebran goles y siguen cada detalle de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta, una pregunta incómoda permanece fuera de la transmisión: ¿qué estamos dejando de mirar?

No se trata de cuestionar el fútbol. Sería absurdo hacerlo. Pocas expresiones humanas poseen la capacidad de reunir tantas culturas, idiomas e identidades alrededor de una misma emoción. En un mundo fragmentado por conflictos, polarización política y crecientes tensiones internacionales, el deporte sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de generar una experiencia colectiva compartida, durante 90 minutos todos latimos al unisono y olvidamos nuestras diferencias.

Sin embargo, precisamente por esa capacidad de convocar la atención global, el fútbol también nos ayuda a comprender una de las dinámicas más relevantes del siglo XXI: la disputa por la atención.

Los grandes eventos deportivos son, quizás, la expresión más sofisticada del poder contemporáneo. Ya no basta con poseer recursos naturales, influencia económica o capacidad militar. Hoy también resulta indispensable influir sobre la narrativa.

En la geopolítica actual, la atención se ha convertido en un activo estratégico. Los países compiten por inversiones, legitimidad, reputación e influencia, pero también por algo mucho más valioso: la capacidad de definir aquello sobre lo que el mundo habla.

Por eso los estadios son mucho más que infraestructura deportiva. Son escenarios de construcción simbólica. Son vitrinas de modernidad, liderazgo y proyección internacional. Son espacios donde se construyen relatos nacionales cuidadosamente diseñados para audiencias globales.

Pero toda narrativa dominante produce un efecto inevitable: desplaza otras conversaciones.

Mientras millones de personas siguen cada partido, el mundo continúa enfrentando guerras activas, desplazamientos humanos sin precedentes, crisis económicas, deterioro democrático y denuncias sobre vulneraciones de derechos humanos en distintos continentes. No son realidades ocultas. La información está disponible, visible. Sin embargo, la atención colectiva rara vez se distribuye de manera proporcional a la gravedad de los acontecimientos.

La paradoja es altamente humana.

Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca había sido tan evidente que la atención es un recurso escaso. Vivimos rodeados de acontecimientos simultáneos, pero seguimos observando el mundo a través de ventanas parciales. Lo que ocupa nuestras pantallas adquiere relevancia. Lo que permanece fuera de ellas corre el riesgo de volverse invisible.

Bolivia conoce bien esa realidad.

Durante cerca de cincuenta días, el país enfrentó una crisis que afectó la movilidad, el abastecimiento y el funcionamiento de la economía, las pérdidas se contaron en miles de millones de dólares. La incertidumbre profundizó una polarización que ya venía acumulándose durante años. Desde el exterior, Bolivia volvió a aparecer asociada a conflicto, bloqueo e inestabilidad.

Pero las cifras tampoco cuentan toda la historia.

Mientras la discusión pública se concentraba en la confrontación política, también emergió otra Bolivia. Una menos visible y probablemente más representativa de lo que somos como sociedad.

La Bolivia de los comunarios que apoyaron con un plato de comida en las carreteras cuando todo escaseaba. De quienes trasladaron medicamentos para personas que los necesitaban. De familias que ayudaron a otras familias. De ciudadanos que encontraron soluciones cuando las instituciones mostraban limitaciones.

Nada de eso ocupó grandes titulares o fue tendencia internacional.

Sin embargo, allí estaba una Bolivia, que pocos eligieron ver.

No en el conflicto, no en el bloqueo, no en la disputa.

Sino en la capacidad de su gente para sostenerse mutuamente cuando las circunstancias se volvieron adversas. Sin embargo, allí estaba la historia más importante.

Porque las crisis no solo revelan fracturas. También revelan valores.

Y quizás sea precisamente ahí donde la experiencia boliviana dialoga con una reflexión mucho más amplia sobre el mundo que estamos construyendo.

Mientras los reflectores iluminan aquello que genera impacto inmediato, otras historias permanecen fuera del encuadre. Algunas hablan de conflictos. Otras de abusos de poder. Otras de vulneraciones a derechos fundamentales. Y otras, como ocurrió en Bolivia durante estas semanas, hablan de personas comunes intentando preservar algo tan simple y tan extraordinario como la solidaridad.

La verdadera discusión no gira en torno al fútbol ni tampoco exclusivamente en torno a Bolivia.

La verdadera discusión gira en torno a nuestra capacidad de mirar la complejidad sin reducirla a un solo relato.

A reconocer que detrás de cada gran espectáculo existen preguntas pendientes.

Que detrás de cada crisis existen historias humanas que rara vez ocupan las portadas.

Y que detrás de cada narrativa dominante existe siempre una realidad más amplia que merece ser observada.

Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo no sea acceder a más información.

Quizás sea desarrollar la capacidad de sostener varias verdades al mismo tiempo.

Celebrar aquello que nos une sin ignorar aquello que nos divide.

Reconocer los logros sin dejar de examinar las contradicciones.

Y comprender que la humanidad no se encuentra únicamente bajo los reflectores.

Con frecuencia, se encuentra precisamente donde nadie está mirando.

Fuera del encuadre.

* Ex vocera presidencial del Estado Plurinacional de Bolivia (presidencia de Rodrigo Paz). Licenciada en Cs Políticas, especialista en comunicación estratégica y consultora en comunicación estatal.