El futuro de Colombia: que le espera al nuevo presidente
Abelardo de la Espriella, asumirá el cargo enfrentando un complejo "triángulo de hierro" compuesto por una marcada parálisis legislativa, fragilidad económica y una expansión alarmante de la violencia criminal.
El preconteo dio como ganador al derechista Abelardo de la Espriella, pero el panorama que emerge en Colombia tras la segunda vuelta del domingo no deja margen para celebraciones largas. El presidente electo, que asumirá el próximo 7 de agosto, no recibirá un cheque en blanco, sino una de las herencias más complejas de la historia reciente. El mandato que viene estará firmemente atrapado en un triángulo de hierro: parálisis legislativa, fragilidad económica y una violencia asimétrica en plena expansión.
La primera gran realidad que chocará de frente contra la Casa de Nariño es un mapa político atomizado. El nuevo presidente gobernará en una estricta minoría parlamentaria. El desplome de los partidos tradicionales y la profunda polarización consolidaron un Congreso fragmentado, donde la izquierda del Pacto Histórico mantiene bancadas robustas y beligerantes. En este punto, para el nuevo Ejecutivo, cada proyecto de ley será una batalla política sin espacio para maximalismos ideológicos. El día a día exigirá una gimnasia de negociación milimétrica con el centro y las fuerzas regionales. Sin mayorías propias, el riesgo de una parálisis institucional o de un gobierno por decreto se hace cada vez más visible.
Y en el frente económico el margen de maniobra es igual de estrecho. Aunque la inflación general ha mostrado signos de desaceleración a nivel global, la variación anual del IPC en Colombia se mantiene consistente, golpeando la canasta básica de las clases medias y populares. Con un dólar volátil, un déficit fiscal complejo y la urgencia de financiar el aparato estatal, el nuevo gobierno enfrentará el dilema clásico: cómo estabilizar la macroeconomía sin desatar un estallido social en las calles.
Sin embargo, el verdadero fuego cruzado se librará en los territorios del interior del país. El mayor desafío será, sin dudas, el vertiginoso deterioro de la seguridad. El colapso práctico de las negociaciones de la "Paz Total", el plan de negociación y diálogo que el actual gobierno estableció con los grupos criminales, le entrega al nuevo mandatario un país con más de 27.000 hombres en armas bajo organizaciones ilegales (como el Clan del Golfo, el ELN y las disidencias de las FARC) que operan como sistemas complejos basados en el narcotráfico, la extorsión, los secuestros y la minería irregular.
Con un alarmante incremento en el reclutamiento forzado, crisis humanitarias por desplazamientos en el Cauca y el Pacífico, y más de 130 municipios catalogados en riesgo extremo de violencia, las recetas tradicionales crujen. Si el gobierno opta por una militarización de choque y el punitivismo, puede encontrar la resistencia social y judicial, pero, al mismo tiempo, si prioriza la reforma estructural sin control territorial, el crimen organizado seguirá ganando gobernanza criminal frente a un Estado ausente.
De esta manera, Colombia inicia un ciclo donde el poder presidencial será más débil, el entorno más hostil y la paciencia de los ciudadanos, notablemente más corta.
* Investigadora especialista en América Latina del Centro de Estudios Internacionales (UCA). Licenciada en Ciencias Políticas (UCA), Mg. en Comunicación Política (Universidad de Alcalá de Henares, España) y Doctoranda en Sociología (UCA).

