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La Polarización afectiva como nuevo rostro de la política latinoamericana

A pesar de consolidarse como el único sistema legítimo tras la tercera ola democratizadora, el régimen político en América Latina enfrenta hoy una profunda crisis de legitimidad.

Hemos sido testigos durante las últimas décadas de un prolongado período de elecciones en América Latina en el marco de la denominada "tercera oleada de democratización" que tuvo como consecuencia la definición del juego democrático como "the only game in town".

Sin embargo, en los últimos años el proceso electoral en América Latina se ha caracterizado por una dinámica que por lo menos permite replantear la vigencia del juego democrático como el único procedimiento legítimo para canalizar pacíficamente los conflictos en la sociedad: la derrota de los oficialismos, la emergencia de nuevos partidos políticos, la emergencia de un tipo de comportamiento político de mal perdedor, un ciclo intenso y extenso de protestas sociales y un proceso signado por la polarización afectiva y la fragmentación ideológica se han consolidado como tendencias de un régimen democrático en crisis, aun cuando nos encontramos frente a un proceso de carácter no solo regional, sino también global.

En un interesante artículo de reciente ubicación, el catedrático español Mariano Torcal estableció una diferencia entre la polarización ideológica y aquella de carácter afectivo.

Entiende el politólogo español esta última como resultado de la diferencia entre los sentimientos positivos hacia el propio grupo partidista y la animosidad hacia los "otros". A diferencia de la polarización ideológica, que se basa en el debate de ideas, la afectiva es un fenómeno emocional, incluso tribal. No se trata entonces de estar en desacuerdo con una propuesta, sino de sentir un rechazo visceral hacia quienes la proponen, solo por pertenecer a un "bando" diferente: el adversario político se transforma en consecuencia en un enemigo personal y moral.

Un clima de desencanto con las élites políticas, de crecimiento de la intolerancia política y radicalización de la competencia electoral y el desarrollo de nuevas tecnologías que exacerban la radicalización del clima político -ira más algoritmos diría Giuliano Da Empoli- permiten empezar a comprender un fenómeno local y al mismo tiempo de carácter global.

Analizando el proceso electoral en la región en el quinquenio 2019-2024, en un rápido recorrido por 17 países de América Latina, nos encontramos con que 3 de ellos pueden ubicarse en la extrema izquierda -Cuba, Nicaragua, Venezuela-, 5 en la izquierda -Bolivia, Brasil, Colombia, Honduras y México-2 en la centroizquierda -Chile, Uruguay-, 3 en la derecha -Costa Rica, Panamá, Perú-, 1 en la centroderecha -Paraguay- y 3 de 17 en la extrema derecha -Argentina, Ecuador, El Salvador-. Polarización y Fragmentación: una perfecta tormenta.

En el último bienio 2025-2026 asistimos a una disminución de la fragmentación y al mismo una consolidación de la dinámica de polarización; en efecto, los comicios llevados a cabo en los últimos dos años han ratificado cierto giro a la derecha en buena parte de la región con un simultáneo rechazo a los diferentes oficialismos -Bolivia, Chile, Ecuador, Honduras- y un clima electoral signado por la confrontación en términos emocionales: la violencia discursiva entre los principales candidatos a la presidencia de Colombia representa un fiel testimonio de la dinámica de los procesos acontecidos en buena parte de la región -por cierto, cabe esperar una virulenta campaña en Brasil-.

Si la fragmentación dificulta la gobernabilidad, la polarización afectiva amenaza con debilitar la legitimidad misma de la competencia democrática. América Latina parece haber ingresado en una etapa en la que las elecciones continúan resolviendo quién gobierna, pero cada vez menos logran resolver los conflictos que dividen a la sociedad.

Allí radica uno de los principales desafíos políticos de la región en los próximos años.