Mientras no nos atrevemos a disentir con los nuevos profetas de la pandemia, todos con estudios pos universitarios, me permitiré alejarme de algunos consejos o profecías que se presagian como de incorporación obligatoria (y revelada) a distintos usos y costumbres que dominarían nuestro comportamiento cotidiano. Obviamente que la referencia no aplica para la actual necesidad de aislamiento social, pero ya instalarla con tono determinista en la cultura pos pandemia, me suena a esquema de censura.

No voy a perder espacio en desarrollar la lógica que impera en la comprensión de la gestualidad en general como forma de comunicación y lenguaje corporal.

En nuestro grupo íntimo (digamos familiar y laboral) de relaciones, la fuerza del apretón de manos o del abrazo, e incluso su duración, denotan grados de intensidad del saludo, hoy criticado por poco saludable.

Esos gestos se dirigen en directo al receptor del saludo, e indirectamente a quienes presencian el encuentro. Me veo incómodo resaltando verbalmente en un encuentro social cada saludo para destacarlo o diferenciarlo del anterior y del posterior, y también para que cada receptor asimile la profundidad de la relación que me une a él en ese momento especial. A veces, porque hace tiempo que no nos vemos; a veces, por que no estamos en nuestro mejor momento, y otras para demostrarle distancia, apoyo o enfado, la intensidad y duración del saludo no es fácilmente verbalizable.

La gestualidad también influye en la economía. El levantamiento regulado de la cuarentena tiene mucho de gestual y poco de verbal. Las imágenes de Europa y Estados Unidos, la espeluznante imagen de las fosas comunes, son manejadas desde la necrofilia directriz de los medios de comunicación. La humanidad se construye sobre la bases de nuestro genético sentido gregario. Las ciudades han venido a sumar una capa más a nuestra vestimenta que se completaba con la familia, la casa, y el barrio. Y sin la cercanía de nuestro ejercito sanitario, moriríamos en las calles, solos y olvidados. Nuestras costumbres construyen nuestra sociedad, nuestra forma de vida; nuestros bares, nuestras parrillas y pizzerías ya volverán a reunirnos.Mientras, hay que cuidarlos tanto como a todas la pymes que no funcionan con un estatuto y esquema accionario. Si pensamos en un Hospital de Empresas, ellas deben recibir los primeros auxilios. Los aportes patronales, las cargas sociales y los impuestos de las pymes pueden ser saldados con un compromiso solidario. ¿O solo vamos a aceptar cumplir formalmente con las obligaciones impositivas a las grandes empresas con parte de su "capital" como lo ideó Cavallo en los 80 y en el 2000, con la emisión de acciones vacías que todavía tenemos de clavo en la Anses?

Cada bar, cada barra y cada mesita son parte de nuestra cultura, y eso puede ser otro rasgo diferenciador que nos haga sobrellevar mejor esta crisis. Además de la conformación de un sistema de salud en el que conviven los privados con una fuerte y mayoritaria presencia de los efectores públicos y gremiales. Cuando pase todo, volveremos corriendo a abrazar a nuestros mayores, a compartir un café y al club de nuestros amores. Estas son las cosas que nos tienen que esperanzar ante los apóstoles de la distancia. Son los mismos que se muestran fríos y lejanos en los encuentros de las incontables miniseries y películas que engullimos en estos días en las plataformas siliconadas. Superproducciones no latinas en las que el saludo pasa solo por un leve movimiento craneal, con las manos caídas o en los bolsillos. Que los agoreros apocalípticos no nos amenacen con sacarnos para siempre los abrazos ni el choque de cinco, ni el club, ni el asadito. Con paciencia, acompañándonos en la distancia y sin delirios tipo Mad Max pasaremos la cuarentena y reemprenderemos nuestras vidas. Obviamente no va a ser fácil, pero tampoco imposible. Recuerdo aquella letra de Moris, cuando se preguntaba por las críticas homofóbicas que llovían "cuando abrazas a un amigo que lo quieres como a un dios".

Ahora las fobias aparecen en cada consorcio que rechaza a los que nos cuidan, o en las miserias de los que creen ver un espacio para hacer política, o en los pronósticos económicos más turfísticos que serios.

Cuidate, el aislamiento no va a durar para siempre. Y tarde o temprano, nos volveremos a abrazar.

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