La tentación de reflejarse en el modelo brasileño, el llamado "milagro económico" del régimen que se extendió entre 1964 y 1985, también está presente en los debates de cómo será la salida de la Supercrisis que estamos atravesando. Por ello, es que algunos por estos lares, lo recuerdan con cierta nostalgia.

La economía de Brasil nunca creció tanto, ni antes ni después. La tasa promedio de esos años estuvo en torno al 10% anual. Tal vez no se recuerde que el costo de controlar el déficit fiscal, alta inflación y desempleo se saldó con disciplinamiento violento de la fuerza laboral y endeudamiento externo, multiplicando por 30 su deuda.

Para 1973, en el culmen del "milagro", Brasil creció 14%. El Producto Bruto Interno ( PBI) per cápita pasó de USD 261 en 1964 a USD 1.643 en 1985. En 1965, la industria empleaba 2 millones de trabajadores y 20 años después llegaba a 3,5 millones.

Pero, como siempre, el diablo se esconde en los detalles. Los salarios se deterioraron al modificarse la fórmula de ajuste, perdiendo poder de compra frente a la inflación; en un proceso muy conocido por nosotros. Entre 1964 y 1985, el salario mínimo se hundió un 50 % en términos reales.

Como decía Delfim Netto, ministro de Finanzas entre 1967 y 1974 y “padre” del “milagro”, primero había que "hacer que crezca el pastel y luego distribuirlo". Y vaya si lo hizo: el 1% más rico de la población concentraba en 1964 entre 15% y 20% del ingreso nacional, pero para 1985 esa cifra se ubicaba en casi 30%.

Así mismo, la inflación anual superaba el 231% y la deuda pública alcanzo 54% del PBI en aquel año.

Ahora bien, lo singular de esta estructura económica brasileña, fundada en 1967, es que permanece incólume, con una profunda desigualdad social, hasta nuestros días.

Un intento parecido fue el que, a partir de enero del 67, desearon plasmar Onganía-Krieger Vasena, en Argentina; aunque más fugaz su esplendor y menos duraderos sus efectos.

¡No es solución!

La sola comparación de los respectivos Coeficientes “Gini” de Argentina y Brasil bastaría para tal afirmación. En el país hermano, desde 1984 hasta nuestros días, osciló entre 0,60 y 0,53 (con la sola excepción de 2014 y 2015 donde se ubicó en 0,51). El índice máximo que solo alcanzó Argentina en la crisis del 2001.

Clara demostración de que el esquema excluye a una porción importante de sus 210 millones de habitantes, pese a tener un “ PBI per cápita” de aproximadamente USD 8.000 y una balanza comercial permanentemente superavitaria del orden del 2% del PBI. El indicador, con sus guarismos y su permanencia en el tiempo, solo denota una realidad de fácil comprobación; la pobreza estructural, es la piedra angular del modelo y permite:

  • Maximizar la tasa de ganancia del capital.
  • Los saldos exportables y su consecuente acumulación de reservas en el Banco Central de Brasili
  • Mantener bajos los salarios reales y
  • Disciplinar las organizaciones sindicales impidiendo, a diferencia del caso argentino, la estructuración de un Movimiento Obrero Organizado vigoroso como actor central en la puja por la distribución del ingreso.

Es dable resaltar que este diseño de exclusión, hoy vigente, se consolidó a lo largo del tiempo con el acuerdo de todos los sectores políticos brasileños, sean liberales, neoliberales o socialdemócratas; al punto de que las únicas voces disonantes y resistentes vinieron de la jerarquía eclesiástica.

El objetivo final determina el impulso inicial

El debate en torno del modelo económico a implantar en la Argentina a la salida de la pandemia resulta clave; pues lo que aquí y ahora se defina determinará el carácter excluyente o inclusivo del mismo.

En este marco es que se inscriben las propuestas que sectores empresariales, recientemente, han presentado a diversas autoridades nacionales y a la opinión pública. De su exhaustivo análisis se verifica cierta inspiración en el esquema ut supra señalado.

Ello derivaría en que los equilibrios macroeconómicos buscados y necesarios para su implementación, al igual que en el caso brasileño, se alcanzarían con un porcentaje de nuestra población (en el orden del 25 %) sumida en la pobreza, ahora sí, estructural.

El Superávit Fiscal Primario (SFP), necesario para honrar los intereses de la deuda pública (presuponiendo que el capital se refinancia a su vencimiento) se obtendrá con una importante disminución de los compromisos involucrados en la Seguridad Social, que comprende: jubilaciones, planes sociales, pensiones contributivas y no contributivas, asignación universal por hijo, entre otros.

A su vez, las divisas indispensables para efectuar los pagos, generadas por el sector privado en sus intercambios comerciales con el resto del mundo, se conseguirán con un excedente de la balanza comercial derivado de una disminución de las importaciones, producto del infraconsumo del 25% de la población excluida, que de manera novedosa incluirá sectores medios.

Ahora bien, este destino no es manifiesto.

De la misma manera que un esquema económico basado en concepciones socialdemócratas no es aplicable en estos lares, como quedo palmariamente demostrado en el artículo “La Socialdemocracia no es la solución” (, el pretendido “milagro brasileño” tampoco lo es.

En nuestro país, los alimentos básicos de la canasta familiar y el vector energético contienen Rentas Extraordinarias, que correctamente distribuidas, permitirán que las mieles del crecimiento alcancen a todos los hijos de esta tierra.

Esto solo se conseguirá con un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable (MoDEPyS) con orientación a la producción.

* Lic. Guillermo Moreno,  Lic. Walter Romero y Lic. Alejandro Alvarez

MM y Asociados

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Guillermo Moreno

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