En la primera entrega nos adentramos en el debate sobre las transformaciones que el orbe experimenta en el plano de las relaciones internacionales, convocando a superar la interpretación de la realidad desde los marcos teóricos y las categorías analíticas propias de los procesos políticos, económicos y sociales del siglo XX, que no pueden más que limitar la comprensión de los fenómenos en curso y, por ende, también de su posterior evolución.

Mucho antes de la pandemia, la hegemonía de la globalización comenzaba a crujir, pero fue con la deserción de los Estados Unidos (EE. UU.) de sus filas que su caducidad quedó sellada, para dar paso a un Nuevo Orden Internacional (NOI) “que, en contraposición con la buscada uniformidad basada en el predominio del librecomercio y las premisas del Consenso de Washington, se cimenta en la construcción de modelos nacionales diversos, capaces de poner en valor sus vectores de competitividad”.

La dominancia de cualquier ordenamiento requiere del aprovechamiento diferencial de vectores de competitividad, capaces de otorgar ventajas especiales a algunos complejos productivos sobre otros semejantes, así como que los países beneficiarios de tales prerrogativas reúnan suficiente potencia (económica y/o militar) como para imponerlo.

La internacionalización de las cadenas de valor fue el vector central en el esquema perimido (que liderado por los EE. UU., contó entre sus principales beneficiarios a la Unión Europea -UE- y a la República Popular China -RPC- y, secundariamente, a los denominados “tigres asiáticos”) cuya supremacía se consolidó con la fuerza del propio poderío fáctico y una arquitectura institucional ad hoci.

Todo cambiaría con la irrupción de la Revolución Energética Norteamericana, a partir de lo cual, al lograr el desarrollo tecnológico que hizo posible el abaratamiento de los costos de extracción, permitió la puesta en acción de los reservorios de esquisto como fuente masiva de producción de petróleo y gas no convencional para los EE. UU.

Así se abrió para este país, la oportunidad de restablecer su “zona de confort”, otorgándole competitividad a su industria manufacturera recuperando terreno ante la penetración de su mercado por potencias extranjeras y, simultáneamente restañar las heridas que la globalización dejara en el entramado social.

Las políticas impulsadas por el gobierno de Trump, no son otra cosa que la propuesta orgánica del establishment productivo estadounidense. Por lo mismo, son determinantes en la reconfiguración mundial.

Sobre la irrupción de “lo nacional” y su “carácter”

Las potencialidades de los EE. UU. de hoy lucen muy diferentes a las de décadas atrás. Sus cuencas hidrocarburíferas no sólo son capaces de garantizar el autoabastecimiento, sino que los han convertido en el primer productor mundial de energía fósil, con lo que sus compañías cuentan con “el insumo” gas natural a menos de la mitad del valor que pagan las de Europa y un tercio respecto de lo que cuesta en Japón.

Con ello, los países que antaño se erigieron en sus principales competidores industriales (especialmente la RPC y los de la UE) deben abastecerse de grandes proveedores de combustibles que no están interesados en bajar significativamente los precios (Federación de Rusia) o atraviesan en forma continua diversas situaciones bélicas, por lo que no pueden aumentar en forma permanente los volúmenes de abastecimiento (Medio Oriente).

Partiendo de ello, los EE. UU. podrían mantener, durante el siguiente cuarto de siglo, la ventaja competitiva de marras, así como la coincidencia estratégica de intereses con Rusia, proveedor masivo y confiable tanto de Europa como de China.

En tal contexto, no es de extrañar la oxidación de las instituciones internacionales (FMI y OMC, fundamentalmente) que regularon las relaciones entre los países en el apogeo de la globalización, toda vez que el librecomercio se contrapone con la vigorización de los complejos productivos de los principales beneficiarios del NOI. Lo mismo que sucede con las uniones aduaneras y asociaciones por área de similar naturaleza.

El repudio al viejo orden del Consenso de Washington se hace extensivo a las representaciones políticas que, aún con matices, lo sustentaron: las formaciones de matriz neoliberal y las de las distintas variantes de la socialdemocracia, cuyo retroceso es proporcional al avance de las diversas expresiones de nacionalismos que encarnan la ruptura con lo viejo y la expectativa con lo nuevo.

El vector de lo “nacional” como antítesis de lo “global” se hace presente y se impone como el componente central de la identidad de las fuerzas protagónicas de la etapa, expresándose en el “América first” de Trump, la “Rusia fuerte e independiente” de Putin y en la multiplicidad de actores del antieuropeísmo en el “viejo continente”.

La pandemia no hará más que acelerar y profundizar el proceso en curso, toda vez que la crisis sanitaria, que a posteriori agravó las económicas, desnudaron significativas debilidades de los países en muchos órdenes, que incluso dificultaron la protección y la asistencia a sus propias poblaciones.

Así como resulta esperable la vigorización de los entramados productivos nacionalesiii, también lo es que las representaciones políticas que asumen (o asumirán) la identidad del nacionalismo, sean las que la impulsen y encarnen.

Lo cierto es que, en numerosas ocasiones, estos nuevos nacionalismos, trazan límites imaginarios al interior de sus sociedades, expulsando de la condición de ciudadanía plena a segmentos poblacionales numerosos.

Decíamos al respecto: “estas expresiones, a las que genéricamente llamamos “nacionalismos de exclusión” resultan opuestas por el vértice a los “nacionalismos de inclusión” que encarnan en las principales tradiciones políticas de nuestra Patria, así como en el mensaje del papa Francisco cuando representa al mundo como un poliedro que es ‘(…) la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos’.” (2)

Argentina: generación y distribución del excedente

Las definiciones del orden ideológico se corresponden con la administración de la distribución de los excedentes que realiza la economía, ámbito que define el “carácter” de los modelos nacionales.

Por eso decíamos que, en nuestro país ello depende, en gran medida, del camino que se elija para establecer un modelo económico que logre sustentabilidad, rasgo asociado a la capacidad de alcanzar equilibrios en los ámbitos fiscal y externo, contemplada la honra de los compromisos de deuda.

Asociado con las condiciones de posibilidad de tal esquema, en nuestro artículo “Quién debe pagar la deuda”  decíamos:

“Es claro que (…), es imperativo maximizar la utilización de nuestros propios vectores, que no pueden ser otros que los que se derivan de las Rentas Extraordinarias (RE), ‘aquellos beneficios redundantes, que se generan en el mercado, independientemente del trabajo humano, y se obtienen a partir de ejercer la exclusividad de explotación de algún recurso naturalv’, originadas en la producción de algunos alimentos y en la exploración-explotación de los combustibles fósiles.

Previo al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, mientras el gobierno de Cambiemos aún eliminaba o minimizaba las retenciones a las exportaciones, en los espacios entonces opositores, ya se debatíavi sobre la posible utilización de estas RE, aunque con desacuerdos subyacentes entre quienes aspiran a su apropiación por parte del Estado para que:

  • sustituyendo al sector privado, sea quien dinamice la economía, o
  • se destinen al sostenimiento de una pobreza supuestamente estructural, o
  • sean distribuidas en la totalidad del entramado empresarial (6)”.

Es la asignación del destino de tales excedentes excepcionales la que finalmente determina el carácter de los modelos posibles.

Vale contemplar que, si no son redireccionados, la consolidación de la exclusión de una importante franja condenada al infraconsumo no necesariamente invalida, para un conjunto importante de empresas, la posibilidad de insertarse en un ciclo que les resulte virtuoso, ya sea desde el componente empresarial o del de su fuerza laboral (incluso frente al insumo energético valuado a paridad de importación).

Es que, si los precios internos de los alimentos son elevados (como lo fueron en el gobierno anterior) los gastos en el rubro insumirán una significativa proporción de los presupuestos familiares, impidiendo otros consumos por parte de segmentos relevantes de la población. Es fácil de entender que esas compras no realizadas equivalen a dólares “ahorrados” en mercancías y servicios no consumidos, por lo que, al disminuir la exigencia de divisas para importaciones, posibilitan el equilibrio del sector externo.

Asimismo, la superación de los desequilibrios fiscales puede alcanzarse por la vía de la mengua en los mecanismos del sistema de seguridad social y otros ajustes del gasto público.

Por el contrario, y para que el “carácter” del modelo sea de inclusión, el precio de la energía debería estar asociado con los costos de exploración y explotación y que contemplando una ganancia justa y razonable para los eslabones intervinientes, permita la baja de los costos unitarios para todos los sectores productivos. Dicho valor final tendría que situarse en el orden de equivalencia de los U$S0,60 para el litro gasoil.

A su vez, dos instrumentos claves facilitarían reasignar hacia la totalidad del entramado empresarial la renta extraordinaria que se obtiene en la Pampa Húmeda, cuya redundancia asciende al 50% de los márgenes brutos: las retenciones a las exportaciones de algunas producciones alimentarias en el máximo nivel posible, que desacoplen (a la baja) los precios internos de los internacionales, y una ley de alquileres que redistribuya sobre los demás actores de la producción agropecuaria la renta de la propiedad de la tierra.

Esquemáticamente, tenemos cuatro tipos de protagonistas en el sector: la fuerza de trabajo, los contratistas que proveen servicios, los productores que organizan la explotación y los propietarios que por el alquiler obtienen la RE.

Para los dos primeros, los cambios devenidos de tales disposiciones debieran ser de escasa significación. Para los productores, la baja en la facturación generada por las retenciones sería compensada por la disminución de los costos de alquiler y de la energía, ut supra señalados, resultando invariante su rentabilidad.

En términos macroeconómicos, este esquema permitiría tanto la sustentabilidad fiscal como la del sector externo.

A la vez, sabemos que la inclusión del conjunto de la población sólo es posible si se abarata su alimentación (como durante la primera década del presente siglo), lo que equivale a ingresos populares de alto poder adquisitivo que, al liberar una porción de los presupuestos de las familias, les permite el acceso a otros consumos no esenciales.

Así se habilita también la posibilidad de un mercado interno vigoroso que solidifique un entramado productivo capaz de prevalecer en el orden doméstico y aumentar su penetración en el internacional, único camino que conduce al pleno empleo y la erradicación de la pobreza.

En el terreno de las representaciones políticas se resolverá si el destino próximo será el persistir en la irresoluta agonía que ofrece el mundo que ya no es, o si en concordancia con el NOI la sustentabilidad macroeconómica se alcanza por la vía de los nacionalismos que promueven la exclusión o por la de los que abogan por la inclusión.

Confiamos en que fieles a nuestras mejores tradiciones populares, seremos capaces de dar a luz un Modelo de Desarrollo Económico Permanente y Sustentable orientado a la producción, capaz de cobijar a todas las personas de buena voluntad que quieran habitar el suelo de la Patria.

(1) “Nacionalismos de exclusión o de inclusión. El verdadero antagonismo (primera parte)”, BAE Negocios, 18/5/20.
(2) Ibídem.
(3) Poniendo en valor de sus propios vectores de desarrollo con vistas a que cada sociedad garantice por sí misma, en la medida que razonablemente le sea posible, el abasto de sus bienes y servicios esenciales
(4) Papa Francisco. “Evangelii-gaudium”
(5) “¿Cómo seguimos?”, BAE Negocios, 29/1/18.
(6) “Sobre el gobierno y la oposición”, BAE Negocios 22/2/18.
(7) Que está constituido tanto por empresarios como por sus trabajadores. 

*MM y Asociados