Comunidad BAE

La epidemia laboral del silencio suma nuevos síntomas: el quiebre y el abrazo

Luego del fin de la Gran Renuncia y el surgimiento de la "renuncia silenciosa", ahora se suman las personas que se "quiebran" por dentro sin decir nada y aquellas que abrazan a sus trabajos por miedo en vez de pasión.

Ya van más de dos años que en el mundo del empleo se habla de una "renuncia silenciosa" en las empresas: cuando un empleado disconforme no dimite, sino que hace lo mínimo indispensable. 

Pero, en el último tiempo, dos nuevas respuestas surgieron para combatir el estancamiento y la crisis: el quiet cracking  y el "abrazo laboral". Romperse sin decir nada y quedarse por miedo al desempleo son, ahora, nuevos síntomas de una epidemia laboral que se desarrolla en silencio.

Volvamos un poco el tiempo atrás. Para la época post-pandemia se dio la "Gran Renuncia", un fenómeno en el cual millones de personas abandonaron sus trabajos tras el fin de las restricciones por el Covid-19. De acuerdo con expertos, esto se debía a que habían experimentado un modelo de trabajo híbrido y flexible o se habían agotado de la estructura "antigua", no adaptada a las demandas de las nuevas generaciones. 

Una suerte de revelación en la que buscar un nuevo rumbo laboral era la respuesta al descontento general.

Sin embargo, el fenómeno duró apenas más que un año. Poco después, los empleos cambiaron -la renuncia fue, quizá, apresurada-, la economía se enfrió y los empleadores volvieron a tomar la iniciativa en las relaciones laborales. Renunciar ya no era tan divertido e ilusionante. Se había vuelto un riesgo.

Así fue como empezó la renuncia silenciosa, sumada de otros fenómenos de nombres extravagantes como la "Gran Permanencia" -cuando supuestamente bajarían las renuncias- y la "Gran Reimaginación" -el repensar el ambiente y las relaciones laborales-. No pasaron a mayores (por algo se explican aquí).

Lo siguiente a la renuncia silenciosa: el quiebre

Con la Gran Renuncia, Reimaginación y Permanencia surgieron los "gerentes de felicidad", es decir, personas contradas con el único objetivo de garantizar el bienestar de los empleados en una empresa. "Más felices, más efectivos", es una fórmula que los resume.

Uno de ellos, Frank Giampietro, de la prestigiosa EY, advirtió a fines del año pasado del quiet cracking, algo así como un "quiebre silencioso": "Es cuando los trabajadores se presentan, hacen su trabajo, pero luchan en silencio mientras lo hacen", explicó.

"Lo que hemos visto recientemente en el mercado es que muchas personas permanecen con sus empleadores actuales, pero no prosperan en el trabajo. Se sienten atrapadas en su situación actual, y no es necesariamente que hayan decidido quedarse allí, sino que no tienen otras opciones mejores", dijo el gerente de felicidad.

De acuerdo con el software de Recursos Humanos Naaloo, el colaborador quiere rendir, le importa su trabajo y a menudo es un high performer, pero la presión, la inseguridad o la falta de apoyo lo están erosionando. 

"No está poniendo límites; está tratando de sostener un peso que lo supera", resumió Naaloo. Se ve en menos participación, menos ideas, más silencio en el chat y reuniones.

¿El resultado? Un alto nivel de desconexión e insatisfacción por parte de los empleados, lo que puede erosionar la moral, perjudicar la productividad y contribuir al agotamiento.

El compromiso global de los empleados cayó del 23% al 21% el año pasado, según un informe de Gallup de abril. El informe estimó que esto le costó a la economía mundial alrededor de 438 mil millones de dólares en pérdida de productividad. Esta es solo la segunda vez que ha caído en los últimos 12 años; la otra fue en 2020.

A este fenómeno se suma una capa más profunda: el llamado "trauma financiero laboral". Según Forbes, muchos trabajadores permanecen en empleos que los desgastan no por elección, sino por necesidad. Deudas, alquileres, inflación y falta de redes de contención convierten al salario en una trampa: es, al mismo tiempo, sustento y fuente de daño. Así, el quiet cracking deja de ser una reacción individual para transformarse en un síntoma estructural de una economía que empuja a sobrevivir, no a desarrollarse.

En paralelo, distintos expertos advierten sobre una crisis menos visible: la pobreza relacional. Equipos cada vez más conectados digitalmente, pero más aislados emocionalmente; menos conversaciones reales, menos reconocimiento y menos sentido de pertenencia. La consecuencia es un malestar silencioso que no se ve en las métricas tradicionales, pero erosiona el compromiso día a día.

Un abrazo, pero no de los buenos

A este fenómeno se suma otro, acuñado por la firma de consultoría Korn Ferry: el "abrazo laboral". Aunque suena acogedor, no lo es: se trata de los trabajadores que se aferran a sus puestos no por pasión, sino por miedo.

Mientras crecen el descontento y el agotamiento, las empresas y los departamentos de RR.HH. obtienen una idea "falsa" de tener buenos niveles de retención laboral. Es decir, un abrazo que no le hace bien a nadie. 

 Stacy DeCesaro, de Korn Ferry, lo resumió así: "La gente se queda quieta, no porque sea leal, sino porque está ansiosa. Esperan a que el mercado les dé una oportunidad para moverse". ¿Por qué se quedan? Wellhub da tres razones:

  • Incertidumbre económica: con despidos en los titulares y la inteligencia artificial (IA) amenazando con reemplazar al 50% de la fuerza laboral mundial, los trabajadores prefieren aferrarse a lo que tienen por temor a despido u obsolescencia.
  • Mercado laboral cerrado: las tasas de contratación están en su nivel más bajo en una década, lo que deja a muchos con la sensación de estar atrapados.
  • Liderazgo volátil: los cambios se ven, sobre todo, a nivel dirigencial. Si cambian los CEOs y cúpulas, ¿qué les queda a los trabajadores más que sobrevivir?

Abrazar el trabajo no es quererlo: algunos estudios muestran que el 70% de los trabajadores está abierto a cambiar de puesto en los siguientes meses.

"El resentimiento se acumula como presión en una válvula. Cuando el mercado laboral se reabra, es probable que estalle", advirtió Daniel Zhao, economista principal de la plataforma Glassdoor, en Fortune.

¿Se viene la Gran Renuncia 2.0?

Esa pregunta pulula en la mente de bastantes economistas y expertos en la materia. Los trabajadores se están rompiendo, renunciando en silencio y abrazándose a un empleo por el solo hecho de sobrevivir, según los análisis. Pero "en cuanto mejore el mercado, estarán listos para moverse", alertó DeCesaro.

Por eso, las empresas solo tienen un camino: detectar estos fenómenos temprano y actuar rápido. ¿Cómo? Esto sugieren las empresas: 

  • Escuchar antes de que el problema explote. No esperar a las encuestas anuales ni a la renuncia formal: los cambios de ánimo, motivación y energía son las primeras señales.

  • Revisar cargas y expectativas reales. El burnout y el quiet cracking muchas veces no nacen del volumen de trabajo, sino de la ambigüedad, la urgencia permanente y la falta de control.

  • Reconocer de forma concreta y cotidiana. No solo con bonos o premios, sino con feedback genuino, visibilidad y sentido de propósito.

  • Invertir en desarrollo, incluso en contextos de ajuste. Cuando el mercado se frena, la formación suele ser lo primero que se recorta. Pero es, justamente, lo que más reduce la sensación de estancamiento.

  • Hablar de bienestar sin cinismo. Si la cultura real contradice el discurso, los programas de bienestar se transforman en un gesto vacío que agrava la frustración.

Todos estos conceptos, de nombres impactantes y explicaciones analíticas, no hacen más que mostrar el mismo problema de siempre: un ambiente laboral desgastante hace que la persona se rompa, y un mal contexto hace que deba aguantar ese quiebre únicamente por sobrevivir. 

Romperse no es más que un mecanismo de defensa. Renunciar en silencio, una solución pasajera. Abrazarse al trabajo, un grito ahogado. En los pasillos del mundo laboral hay muchas palabras, pero el que pisa más fuerte es el silencio.

Esta nota habla de: