El erotismo femenino según Tana Kaleya

La escena sexual

Es una sentencia repetida aquella que reza "prefiero el erotismo a la pornografía". Se supone que quien la pronuncia se refiere a rechazar lo explícito, el plano de penetración, la exhibición demasiado quirúrgica de los genitales, los fluidos en primer plano. Olvidan quienes la pronuncian que no hay pornografía sin erotismo, y que el porno es efectivo sí y solo sí al plano explícito le antecede cierto suspenso, cierta necesaria empatía con los personajes en la pantalla, cierta construcción o relato. Todo eso "no explícito" que justifica finalmente la exhibición genital.

Desde mediados de los años setenta y durante todos los ochenta, hubo una tendencia en la fotografía erótica a difuminar las formas mediante un par de estrategias. La primera, la aproximación a la figura especialmente femenina desde el reposo, con poses lánguidas en las que la desnudez era un dato más bucólico que provocativo. El erotismo provenía de la belleza de la composición y de la forma del encuadre. La segunda -bastante demasiado frecuente en le fotografía publicitaria- consistía en difuminar la luz mediante tules (sea delante de la lente, sea sobre el cuerpo de los modelos, sea ambos- lo que volvía al mismo tiempo explícita y elusiva la imagen del cuerpo. Como si demasiada luz nos vedara la forma, y la obligación de adivinarla o deducirla fuera el motor de la excitación. Una excitación más bien intelectual, una forma de la curiosidad que se relaciona con el suspenso, lo incompleto y nuestra necesidad de terminar de cerrar las figuras. Esas dos estrategias se utilizaron hasta el hartazgo y fueron demasiado repetidas hasta trivializar los procedimientos. Pero eso no implica que haya habido artistas que supieran utilizarlos. Entre ellas, una fotógrafa y cineasta polaca radicada en francia llamada Tana Kaleya. Kaleya nació en Polonia en 1939 y falleció en París en 2016. Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, muy niña, estuvo en un internado de monjas, a salvo de las bombas que destrozaron su país natal. Cuando terminó la contienda, sus padres habían desaparecido y fue llevada a Viena, donde un tío. En Austria, donde realmente se crió, estuvo en contacto durante la posguerra con un mundo que, al reconstruirse, recuperaba la liberalidad de los comienzos de siglo, cuando en el Imperio Austro-Húngaro la sensualidad se combinaba con el refinamiento (algo de eso hablamos hace unas semanas cuando mencionamos los cortos eróticos de la productora Saturn Filme) y algo de sátira. Kaleya se dedicó a la escritura y a la pintura, hasta que compró una cámara fotográfica y descubrió su verdadera vocación, aunque nunca abandonó del todo la pintura. Más allá de trabajar en muchas publicaciones, no todas eróticas (aunque sí por ejemplo para PlayBoy) hizo varios libros propios: Hombres, Mujeres, Desnudos y flores y, en colaboración con su amiga Leonor Fini (a quien deberíamos dedicarle una columna, de paso: pintora surrealista, diseñadora de vestuarios, figura constante de la noche intelectual francesa desde los años treinta, nacida en la Argentina; bisexual declarada y que vivió casi siempre en trío con dos hombres, es de esas artistas olvidadas "por ser mujer"), Gatos de Atelier, fotos de los 23 persas de Fini mirando o posando cerca de sus pinturas. Kaleya utiliza como poca gente el fuera de foco, la imagen difuminada para crear un objeto de deseo, algo que queremos ver pero cuyos detalles se nos escapan. A eso es a lo que, trivialmente, llamamos "arte erótico".

Kaleya sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y se trasladó a Francia, donde se dedicó a la fotografía artística

En 1983, Kaleya hizo una película, Mujeres, coproducción entre España y Francia hablada en castellano (está en nuestro sitio de cabecera, Eroticage.net) y la protagonizan Alexandra Stewart y Helmut Berger, que en la película se llaman "Alexandra" y "Helmut". A decir verdad, la trama no es demasiado clara: Helmut narra su última visita a la isla en la que Alexandra vive en pleno goce de los deseos y los placeres, no atados al amor posesivo o a los celos. Alexandra tiene en su casa a su hija, a una amiga y a una modelo (es pintora, en mucho de esto se ve un poco la autobiografía de Kaleya y la historia de Leonor Fini). El filme va narrando una serie de seducciones entre Helmut y las mujeres de la isla, pero también los conflictos entre ellas. En realidad uno de los conflictos es cómo la modelo logra liberarse de los celos que le impiden amar libremente a su amiga, y de cómo ese dilema se refleja en otros. El tema básico es la diferencia entre el amor natural, el deseo como parte de la comunicación entre las personas, y el sexo como una forma de realización de ese amor, versus el amor de posesión, los celos, lo que arruina las relaciones y atenta contra la libertad. La película tuvo críticas moderadas y circuló mucho por el circuito de festivales. A decir verdad, su estilo y su narración en off, así como sus textos literarios hasta lo pretencioso, ya eran algo "viejos" en ese 1983. Y se nota que Kaleya no tiene mucha idea respecto de cómo terminar su película (un plano fijo que sugiere una relación incestuosa, más una voz en off bastante cursi). Pero en el medio hay momentos e imágenes muy interesantes.

La película es un reflejo de su filosofía de amor libre, alejado de la idea del amor-posesión y de los celos

En principio, se nota en la composición que la realizadora es fotógrafa profesional. La primera secuencia, con un barco llegando a una playa, tiene una forma perfecta, especialmente la manera como se encuadra el barco en un movimiento hacia adelante. Luego, cómo se desarrolla la relación entre Claire -la modelo- y Chloé -la amiga- que lleva finalmente a una secuencia sexual perfectamente cronometrada, y filmada de tal modo que la forma total del plano y los elementos que aparecen en ella "suman" al ambiente en lugar de quedar fuera de consideración como sucede en la mayoría de las secuencias sexuales de cualquier película (excepto en Terminator o en las películas de Cameron en general, pero no nos vayamos de tema). Las seducciones están trabajadas con miradas, palabras, gestos, y sí mucha luz difuminada, mucha cámara a través de tules y telas que vuelven más irreal, más fantástico el ambiente. También, claro, multiplican la tensión erótica, nuestro deseo voyeur de ver más de lo que nos muestran, aunque nos muestran todo lo que podríamos ver. Ese doble juego funciona muy bien. Kaleya es hoy una especie de nota al pie en la historia de la fotografía, pero si uno revisa su obra -siempre sensual, siempre destacando los elementos femeninos incluso en los desnudos masculinos- se encuentra con algo bello e interesante: un verdadero discurso erótico desde la mujer.

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