El escritor argentino Marcelo Luján, radicado en Madrid, reciente ganador del Premio Ribera del Duero, atesora el momento en el que recibió la noticia: "Fue una situación muy singular desde lo emocional. El 10 de marzo recibí el llamado de los jurados y cuatro días después se decretó en España el Estado de Alarma y estuvimos así durante cuatro meses. Todo ese tiempo tuve que estar en silencio, sin poder celebrar abiertamente un premio de esta magnitud. A veces me despertaba pensando si habían sido ciertas aquellas palabras de Fernando Aramburu y si era una realidad que había ganado. Fue demasiado tiempo sin poder decir nada, solo lo sabían las personas más cercanas a mí", dice el autor a BAE Negocios.

-Elige una frase de Saer al comenzar ¿Por qué escribe ficción?

-Es una de las afirmaciones brillantes que tiene ese ensayo también brillante titulado El concepto de ficción. Y escribo ficción porque es lo que me gusta hacer y porque mucho me temo que es lo que se me da menos mal. Escribo porque escribiendo me siento libre. En cualquier caso, poder hacer lo que a uno lo apasiona es el logro más grande al que puede aspirar un ser humano. Además, la ficción es una herramienta valiosa para abordar nuestra humilde visión del mundo que nos rodea. No sé que sería de mi vida si no pudiese contar historias pero contándolas alcanzo, de vez en cuando, la felicidad.

-¿Qué le da el cuento a la hora de elegir ese género y no otro?

-Personalmente y como autor, la historia que quiero contar es lo más importante. Siempre. Y es esa historia la que lo determinará todo. Hay historias que solo funcionan en un cuento y otras que necesitan de la extensión y de carácter acumulativo de la novela. Dijo Cortázar que si la novela gana por puntos el cuento debe ganar por nocaut. Esta metáfora boxística ilustra perfectamente las diferencias entre los géneros. El cuento es un mecanismo sensible y de extrema delicadeza, un mecanismo que ante el menor fallo, ante la menor distracción (del autor y, en consecuencia, de los personajes), pierde su elemento más significativo y excluyente: la tensión. La novela pocas veces corre estos riesgos.

-¿Por qué la claridad?

-Me gusta la idea de que los personajes busquen la luz, sobre todo porque se ven inmersos, casi siempre sin quererlo, en la oscuridad. Y es en este binomio, en esta propuesta de claroscuros, donde se mueven las seis historias del libro. Es importante destacar el papel del azar, de la belleza, del deseo. Los últimos son motores de cierta tangibilidad, pero el primero nunca se controla y siempre determina nuestras vidas. Deberíamos tenerlo más presente.

-¿Cuál es la importancia de los claros y oscuros en este libro?

-Tiene una relevancia fundamental porque significa muchas cosas. Y la primera podríamos encontrarla en el propio título, que es una suerte de juego que se le plantea al lector: mostrar la luz, las concepciones luminosas, el brillo y la pureza, todo esto desde un punto de vista distinto, más o menos único, donde las acciones oscuras de los individuos pertenecen y son completamente inherentes a la cotidianidad, es decir, a los escenarios y a las propuestas humanas aparentemente claras, blancas, nobles. Es un juego que el lector comprende desde el primer contacto que tiene con el libro: la portada, con esa chica de mirada inquietante, rodeada de luz que, sin embargo, muestras cierta hostilidad en el fondo de su rostro.

-En los cuentos se hablan de diferentes situaciones y miradas, ¿nunca estamos a salvo del mal?

-Creo que no, sinceramente. Vivimos en una sociedad violenta y estamos siempre expuestos a casi cualquier situación oscura. Sobre todo cuando no la esperamos. Esto último tiene que ver con el cono de negrura rodeado de luz: hechos extraordinarios en situaciones cotidianas. Me resulta interesante intentar contar esa faceta de la realidad que muchas veces no vemos o no queremos ver. Y, sobre todo, las acciones malvadas que no acaban en la muerte, acciones simples y del todo cotidianas que, en ocasiones, modifican para siempre la vida de las personas. Sin ir más lejos: la traición (que es el elemento eje del primer cuento del libro).

-¿Cómo vio desde Madrid lo que pasaba acá?

-Con preocupación, por supuesto. En aquellas primeras semanas España tenía miles de casos al día y en Argentina había muy pocos, pero la dinámica del virus dejaba claro qué sucedería. Cuando estás tan lejos geográficamente de personas a las que querés, todo se vuelve más caótico en tu mente y el miedo se dispara. Ojalá salgamos pronto de está locura.

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Maria Helena Ripetta

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