Una de las consecuencias colaterales de la pandemia es que los autores internacionales no puedan venir a presentar sus libros. Mia Couto, es uno de los más conocidos escritores mozambiqueños. "Nunca "quise" ser escritor. Me sucedió. Soy hijo de un poeta; todas las noches en la casa de mi niñez se reunían poetas, periodistas, escritores. Pensaba que era automático, que las personas se hacían adultas y se volvían escritoras. Comencé a escribir poesías muy tempranamente: tendría unos catorce años cuando mis versos fueron publicados en un pequeño diario de mi pequeña ciudad. Con solo treinta y dos años publiqué mi primer libro, que era de poesía", dice el autor a BAE Negocios.

―¿Es complicado para la literatura africana salir del continente?
―Pero aquí hay que hacer algunas distinciones: es difícil hablar de la literatura de los africanos como si fuera una entidad única y simple. Hay varias literaturas. Hay varias Áfricas.

―¿Cree que se sabe poco de África?
―Sin lugar a dudas. Y es más grave que una simple ignorancia. Predomina la arrogancia de pensar que se sabe. La mayoría de las veces que se habla del continente africano, incluso con intenciones empáticas, prevalece el estereotipo y la homogeneización de lo que es profundamente diverso. La emergencia de escritores africanos que publican fuera de África es una conquista importante para pensar el continente de manera más diversa y más próxima a las dinámicas de cambio que caracterizan a las naciones africanas.

―¿Cómo elige los temas de las novelas?
―Pienso siempre que es al revés: son los libros lo que nos eligen y son los personajes los que nos guían creando una narrativa de la que nosotros, los supuestos autores, apenas si somos testigos.

―¿Cómo vivió como escritor la pandemia?
―En Mozambique la pandemia nunca nos obligó a tomar medidas drásticas de confinamiento. A pesar de ello, en una cultura que es profundamente gregaria, vivimos la obligación del distanciamiento como una especie de representación de lo que solo podía suceder como un tipo de delirio colectivo. Tuve COVID a fines de enero de este año y, a pesar de haber tenido apenas unos síntomas leves, viví esos momentos como un desenlace trágico. En esos momentos de angustia, escribía para escapar de mí mismo.

―¿Cuál es el rol de la literatura en época de pandemia?
―Es el mismo de siempre. Sugerir que no existe una frontera entre pensar y sentir el mundo. Y poner al desnudo las varias dimensiones de la realidad. La literatura hace eso sin asumir que tiene una misión. Su misión es justamente re-humanizar a la humanidad.

―¿Define a esta novela como negra?
―No lo creo. Aunque exista aquí un tono policial y una tentativa de escapar hacia una caracterización maniqueista de los personajes, la verdad es que también sobrevuela por la fortaleza (que es el escenario de esta novela) una especie de destino comandado por fuerzas invisibles. Y existe aquí algo que está siempre presente en mi escritura: las casas, los árboles, el mar, las piedras, todos ellos no son componentes del paisaje, sino que son personajes de la historia, son voces y tienen alma como cualquier ser vivo.

―¿Por qué la centró en Mozambique en el año 1976?
Durante los últimos cincuenta años, mi país fue escenario de guerras terribles y, al final de cada una de ellas (¿será que una guerra llega alguna vez a tener un «final»?), vivimos momentos en los que parecía ser verdad que podíamos volver a comenzar a partir de cero, que todo era posible una vez que la paz resurgiera. La Independencia Nacional tuvo lugar en 1975 y, en los años que le siguieron, se vivió esa ilusión de un nuevo comienzo total. La misma euforia se dio después de la guerra civil que comenzó en 1978 y terminó el 1982.

―¿Las leyendas populares atraviesan la investigación?
La frontera entre la realidad y las leyendas y creencias es muy sutil en Mozambique. Basta con andar en la calle y escuchar a las personas para percibirlo.

―¿Qué le gustaría que los lectores argentinos encuentren en su novela?
―Me gustaría que perdurase en los lectores argentinos el modo en que diferentes personas de mundos diversos viven sus verdades. Y el modo como el tiempo elige sus hegemonías: solo una de esas versiones prevalecerá. Queda sugerida, sin embargo, una dimensión del mundo en que esas verdades pueden convivir sin conflicto.

El libro publicado por Edhasa cuesta 1195 pesos

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