Chicos que matan en Rosario: "Buscan ser alguien"
Germán de los Santos presentó Niños sicarios y habló de los menores captados por el narco: víctimas y victimarios en una trama que cruza crimen, pertenencia y desolación.
El periodista y escritor Germán de los Santos presentó Niños sicarios, un libro que investiga la participación de menores de edad en tramas de violencia criminal, narcotráfico y crimen organizado. En diálogo con BAE Negocios, analizó cómo esos chicos aparecen a la vez como víctimas y victimarios, qué mecanismos los empujan hacia las bandas y qué margen existe para evitar que su destino sea la cárcel o el cementerio.
-¿Cómo surgió la idea de este libro?
-El libro Niños sicarios surgió después de darme cuenta de que, entre muchas historias que venía escribiendo desde hacía un tiempo, aparecían los chicos, los jóvenes, como protagonistas, tanto como víctimas y como victimarios. Me parecía que era necesario reflejar esto en un libro, pero además en un trabajo de investigación que se focalizara en los menores de edad como gestores de una violencia muy compleja, que tiene que ver con el crimen organizado, con el narcotráfico, y con que esos pibes muchas veces son rehenes de esas bandas, pero a su vez ejecutan una violencia de forma muy cruel.
-¿Te resultó doloroso escribir sobre ellos?
-Sí, es crudo escribir historias que tienen a los chicos como protagonistas, porque de alguna manera uno tiene el reflejo de sus hijos, de su entorno, y muchas veces estas historias se entrelazan con un desenlace que tiene que ver con la muerte o la cárcel. En muchas de estas historias no aparece un horizonte que te dé una esperanza, básicamente.
-¿Por qué matan?
-Matan porque es parte de la dinámica de la violencia que los lleva a convertirse en referentes o a buscar serlo. No es por plata, no es por amor o por odio, sino por esa búsqueda de ser alguien, básicamente.
-¿Tenías preconceptos antes de meterte en este tema?
-Sí. Uno de los prejuicios que uno tiene es que muchas veces se habla de chicos totalmente fracturados, y muchas veces no es así. Pertenecen a familias algunas veces desordenadas, pero que les dan cierta contención, van a la escuela. En el caso de uno de los chicos, que es uno de los sicarios de los sucesos de marzo de 2024, se ve que vende drogas pero no se droga. Eso también carga con un prejuicio: que son chicos fracturados por las sustancias.
-¿Qué hicieron después de matar?
-Después de asesinar a estos dos taxistas, a un colectivero y a un empleado de una estación de servicio, estos dos pibes van a un shopping, compran alfajores, una hamburguesa, se cortan el pelo y se compran zapatillas. Ahí se les acaba el dinero que les habían pagado por estos crímenes, porque son 200 mil y 300 mil pesos. Pero en ese momento, en ese shopping de Rosario, son adolescentes verdaderos; de noche se convierten en asesinos terribles. Esa es más o menos la conjugación de estas dos vidas.
-¿Les da pertenencia a las organizaciones criminales?
-Sí, muchas veces estos chicos se enrolan en crímenes o hechos violentos para pertenecer. Eso se ve claramente también en las cárceles, cuando preguntan o todos te dicen que pertenecen a una banda determinada, y en realidad eso no es así, sino que esa pertenencia les da protección. Muchas veces estos chicos buscan eso: protegerse o resguardarse en una banda criminal en medio de esa desolación.
-¿Cómo los reclutan?
-Hay distintas maneras. La cercanía del barrio. Pero hay una que a mí me llamó mucho la atención, en el barrio La Tablada, donde había un grupo de WhatsApp en el que muchos de estos chicos se postulaban, por ejemplo, para matar a alguien o para cometer un hecho violento, como disparar contra una casa o un edificio. Entonces esa postulación también te va dando como cierto currículum dentro de ese ambiente criminal.
-¿El destino es la cárcel o el cementerio? ¿No hay otra opción?
-Generalmente pasa eso, que el horizonte de estos pibes es muy cruel. Pero también aparecen otras situaciones, que tienen que ver con abrir alguna puerta de esperanza: mucha gente que trabaja en los barrios, sectores religiosos, sectores políticos o ligados también a lo social. En un caso aparece el club de waterpolo Esparta, que está en la zona noroeste de Rosario. Ese emprendimiento logró que muchos pibes tuvieran otra perspectiva, que no terminaran ni en la cárcel ni en el cementerio, sino que se metieran en una pileta y lograran participar de una competencia deportiva.
-¿Qué te pasó con la historia de la nena de 8 años que se escapa del búnker para ir a la escuela?
-Esa es una historia muy terrible, la de una nena de 8 años que en el libro se llama Rocío, que viene de toda una familia vinculada con el narcotráfico. Su tío es Chucky Monedita, uno de los que de alguna forma planea operativamente los ataques de marzo de 2024. Esta chica queda en su casa, que es un búnker de venta de drogas, con su tía. Cada tanto se escapa por una puerta que hay en la parte de atrás y se va a la casa de una maestra, Vilma, que es la que le da contención y cariño. La nena sabe que la van a matar y hace una especie de chuzas con puntas de madera para defenderse cuando la vengan a asesinar. Ella piensa lo que pasa todos los días, básicamente, en ese lugar: el búnker o el lugar donde se venden drogas es blanco de una violencia terrible.
-¿La baja de imputabilidad cambia algo?
-Creo que depende de cómo se la aplique. Me parece que al Estado, en la versión anterior de la ley de imputabilidad, que se había aprobado en la época de los militares y nunca se cambió, tampoco le resultaba. Si la baja de imputabilidad es para que esos chicos que cometen delitos terminen en la cárcel y se profesionalicen como criminales, no creo que sea el camino. Pero si el Estado logra, aunque sea, identificarlos y trabajar con ellos, me parece que puede ser un cambio.
-¿Qué pasó con estos chicos?
-Los chicos que protagonizaron los hechos de marzo de 2024 están en un régimen de protección de testigos y se hizo el juicio hace muy poco tiempo contra 17.
-¿Qué rol ocupan los pastores?
-En el libro cuento también la relevancia que tomaron los pastores en este último tiempo, sobre todo por sus trabajos en las cárceles. Hoy la mitad de las cárceles de Santa Fe está en manos de pastores, con pabellones e iglesias. Tienen una función relevante en esto, aunque también es cuestionable. Pero son los únicos que se ocupan de gente de la que no se quiere ocupar nadie. Ahí hay una historia de la madre de uno de los chicos, el que mata al chofer de colectivo, que se da cuenta de que su hijo es el asesino por unas imágenes que se difunden por los noticieros de televisión. Ella va al pastor a contarle esto y a pedirle un consejo, y el pastor le dice que lo entregue porque a su hijo o lo iban a matar o se iba a matar él. La mujer hace eso porque ya le habían matado un hijo, un sicario de una banda, y no quería perder al que le quedaba.
-¿Esta investigación en qué te cambió a vos?
-Fue un trabajo bastante complejo, sobre todo por cómo acceder a las fuentes, y todo un trabajo que se tuvo que hacer de manera muy minuciosa, porque las historias también ameritan que se profundicen con investigaciones serias. Pero a mí me cambió, sobre todo, en el sentido de tener una mirada sobre una problemática con muchas más tonalidades que el blanco y el negro.

