"Las artes marciales pueden alejar a los jóvenes de las conductas de riesgo"
Paloma Fabrykant hace el mismo deporte que su protagonista, pero no es como ella. La autora dialogó con BAE Negocios sobre su nueva novela.
-¿Cuánto tuyo tiene la protagonista además de compartir deporte?
-Para darle más vuelo literario a la obra traté de crear un personaje lo más opuesto a mí posible. Quiero escapar de la maldición de la autoficción y la literatura del yo, entonces busqué trazar una protagonista con una historia diametralmente distinta de la mía. Huérfana de padre, cuando yo tengo un padre súper presente, sin un trabajo, cuando yo soy adicta al trabajo desde que salí del colegio, pero que atravesara experiencias similares en las artes marciales. Así nació Lidia.
-¿Por qué te parece que se sabe poco de esta disciplina?
-Qué decirte; yo traté de difundir las artes marciales mixtas en todos los medios que conozco desde que empecé a trabajar como periodista, hace veinticinco años, pero evidentemente no alcanzó. Hay mucha estigmatización, hay una imagen equivocada, pero sobre todo, lo que ocurre en Argentina es que el único deporte que interesa es el fútbol.
-¿Qué es lo más importante que tiene?
-Las artes marciales funcionan a muchos niveles: físico, mental, espiritual. Son caminos de auto descubrimiento. En la adolescencia en especial, cuando los chicos están buscando su identidad, pueden acercarles valores que les den un sentido a sus vidas y los alejen de conductas de riesgo.
-¿En cuánto ayuda a la protagonista?
-Lidia encuentra en las artes marciales todo lo que le faltaba a su vida. Son su motor, su eje rector, le dan un propósito y le muestran un camino que le permite lidiar con su pasado, su dolor y todas los desafíos que va enfrentando a lo largo de la novela .
-¿Qué importancia tiene el profesor?
-Para Lidia, el sensei (profesor) juega un rol principal, encarna la figura paterna que ella busca desde la niñez, y a la vez ocupa un rol superior, casi metafísico, de poder simbólico, como una especie de semi dios en su cosmología
-¿Tiene que elegir entre el deporte y su vida?
-En algún momento a Lidia se le presenta la disyuntiva de quedarse con el karate o moverse a un deporte de combate más extremo donde también encuentra un espacio social más diverso y una posibilidad de remuneración económica que le permite pensar la actividad marcial en el plano profesional.
-¿Qué temas querías desarrollar?
-Los temas troncales que dan curso a la novela son la búsqueda de la perfección y la pureza como norte vital, la epifanía y la revelación espiritual como puntos de inflexión y giros de la conducta y las relaciones familiares como contexto en cada decisión.
-¿Cuándo en este deporte?
-Yo hice un camino marcial muy similar al de la protagonista: judo y aikido en el secundario, karate a los 21, jiujitsu a los 26 y MMA a los treinta. La búsqueda del arte marcial más completo , la efectividad como contrapunto de la espiritualidad fueron las tensiones que me llevaron a pasar de un arte a otro.
-¿Qué te dio a vos este deporte?
-Las artes marciales formaron plenamente mi carácter. Aprender a vencer los miedos, la vergüenza, el cansancio, las limitaciones físicas y psíquicas a cada paso me dieron el temple, la fuerza, el coraje y el aplomo para todas las actividades , proyectos y todas las decisiones de mi vida.
-¿Qué te dio a vos escribir?
-Escribir me dio un oficio y un lugar en el mercado de trabajo. Escribo desde que soy muy chica, tres o cuatro años, y en la infancia tuve que lidiar un poco contra el estigma del niño prodigio, que no es tan fácil de manejar. Cuando creces convencido de que tenes alguna clase de talento por encima de lo normal, corres el riesgo de chocar contra la realidad, decepcionarte y entrar en crisis. Por suerte las artes marciales me ayudaron a domar ese ego potencialmente nocivo y tomar la escritura como un trabajo igual al de cualquiera.
-Es tu segunda novela publicada, ¿genera tranquilidad?
-Siento que me coloca en un lugar más serio como escritora, deja en evidencia que Diario de Rosario no fue un fenómeno aislado sino la consecuencia natural de una vida dedicada a este oficio.
-¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?
-Me gustaría que cualquier lector se sienta identificado aunque nunca se le haya pasado por la cabeza hacer artes marciales ni ver peleas. Me gustaría que encuentre una entretención y un pasatiempo que lo haga sumergirse y olvidarse por un rato de si mismo, de su propia mente, para dejarse llevar por el soliloquio intenso y tortuoso de la cabeza de Lidia. Me gustaría que se pase la parada de colectivo y pierda horas de sueño por quedarse leyendo.
-¿Cuándo supiste que querías ser escritora?
-Mi madre lo dijo desde que tengo memoria y no tuve mucha opción. Empecé a escribir a una edad muy temprana, con una madre escritora (Ana María Shua) y desde antes de entrar a primer grado ya cargaba con el peso de la antorcha. Intenté muchas veces dedicarme a otras cosas, de hecho me hubiera gustado dedicarme al deporte o a alguna actividad que involucrara el cuerpo, pero no nací con esos talentos. Hubo algunos años en los que pude subsistir económicamente sin escribir, produciendo o conduciendo TV y fueron de los años más felices, pero en cuanto se me complica un poco tengo que volver a las letras que es para lo que siempre me da de comer.
-¿Cómo encontras el tiempo para escribir?
-Trabajo como guionista de manera presencial siete horas al día, escribo textos para un programa de TV que sale de lunes a viernes. Cuando tengo unos minutos entre guión y guión avanzo con los otros encargos de editoriales, diarios y revistas que tengo pendientes. Cuando no me alcanza con esas 7 horas continúo por la mañana o por la noche en mi casa. No me parece sano ni deseable pasar tantas horas delante del teclado pero no me queda mas remedio
-¿El deporte y la literatura salvan?
-Seguro que sí. En mi caso la escritura me salva desde lo económico y el deporte desde lo espiritual. Pero la lectura también es un refugio para el espíritu y por la noche cuando cierro el día laboral, mi descanso mental está adentro de un libro.

