A mediados de 2020, cuando la pandemia del coronavirus (Covid-19) azotaba al mundo y la mayoría de las personas la miraban con miedo desde sus casas, algunos aviones todavía podían verse en el cielo. Muchos menos, claro está, que los que volaban antes del parate, pero más que los absolutamente necesarios para vacunas, emergencias u otras cuestiones. Eran "vuelos fantasma": viajes sin pasajeros que se hacían por una cuestión contractual. Aunque extraño, era algo entendible. Lo inentendible, y preocupante para muchos, es que, casi dos años después, estos aviones vacíos continúan volando, y nadie puede detenerlos. 

La aerolínea Lufthansa admitió que durante el invierno europeo hizo 21.000 vuelos fantasma —vacíos o con menos del 10% de su capacidad— con sus propios aviones y los de su filial belga, Brussels Airlines. Cifras oficiales del Reino Unido obtenidas por The Guardian revelaron que a fines del año pasado hubo alrededor otros 500 vuelos fantasma en el país. Por si fuera poco, Greenpeace denunció que para el invierno europeo, más de 100.000 "vuelos fantasma" surcarían los cielos. Hasta la niña-activista Greta Thunberg criticó a este fenómeno en un tweet.

La principal preocupación es el medio ambiente: según la organización ecologista, el daño climático de esos 100.000 aviones vacíos es "equivalente a las emisiones anuales de más de 1,4 millones de automóviles". “Estamos en una crisis climática, y el sector del transporte tiene las emisiones de más rápido crecimiento en la UE”, declaró Herwig Schuster, portavoz de Greenpeace, que además afirmó: “Los 'vuelos fantasma' contaminantes y sin sentido son solo la punta del iceberg”.

Los vuelos fantasma son el mal menor

¿Por qué se da este fenómeno inusual y, a primera vista, ilógico? Según explicó el director ejecutivo de Lufthansa, Carsten Spohr, esos vuelos fantasma ocurren porque las aerolíneas deben realizar una cierta proporción de sus vuelos planificados —alrededor del 80%— para mantener las franjas horarias en los aeropuertos de alto tráfico. Aunque realizar estos vuelos fantasma es poco rentable, hacerlos es la opción "menos mala", ya que perder los lugares en los aeropuertos podría significar pérdidas aún mayores. 

En pocas palabras: cuesta mucho más comprar franjas horarias en los aeropuertos que recuperar los ingresos perdidos por pasajeros en un grupo de vuelos fantasma. ¿Qué tanto cuesta? Cifras oficiales del Reino Unido revlaron que, solo por un lugar en el aeropuerto londinense de Heathrow, American Airlines y Oman Air pagaron cada una 75 millones de dólares por franjas horarias en acuerdos no relacionados, en busca de garantizar el máximo de operaciones continuas en este importante centro.

El principal problema radica en la falta de espacio para alojar la enorme cantidad de aviones que van y vienen

El principal asunto a solucionar es, según dijo el consultor de aviación John Strickland de JLS Consulting a Wired, la escasez de capacidad en los aeropuertos. “Si no hubiera escasez de capacidad, las aerolíneas podrían aterrizar y despegar dentro de lo razonable cuando lo deseen”, explicó. Pero construir un aeropuerto no es algo barato, y hacerlos lo suficientemente grandes como para que las aerolíneas lleven y traigan aviones como les plazca es prácticamente imposible.

Todo esto hace que el compromiso de lograr emisiones netas de carbono cero para 2050 que anunció la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) en octubre pasado sea una meta muy difícil de cumplir. "Sería irresponsable por parte de la UE no aceptar la fruta madura de acabar con los vuelos fantasma y prohibir los vuelos de corta distancia donde hay una conexión de tren razonable", opinó Schuster.

Un horizonte muy lejano

Sin embargo... ¿Se puede acabar con los vuelos fantasma? CNN explicó que no es fácil. El sistema de "slots" (espacios) es muy valioso para las aerolíneas. La demanda de vuelos siempre supera a la capacidad de los aeropuertos, por lo que se diseñó un sistema muy complejo denominado Directrices de Slots Aeroportuarios Mundiales (WASG).

Lo que hace es organizar de manera impecable una enorme cantidad de horarios y combinaciones para que todo funcione aceitadamente: un avión debe aterrizar, desembarcar, repostar, embarcar y despegar en el mejor horario posible y con la mayor rentabilidad posible. Como es tan difícil de realizar, solo se hace dos veces al año, y, para no hacer un nuevo sistema cada seis meses, se establecieron los "derechos de abuelo": la aerolínea que cumpla con el 80% de sus vuelos programados renueva sus lugares automáticamente. Por lo tanto, hay muy poca flexibilidad en la red para introducir nuevas rutas, especialmente en aeropuertos congestionados. Y es por eso que los "slots" son oro en polvo.

Volar sin pasajeros sigue siendo la opción más rentable

Aunque ese porcentaje disminuyó por la pandemia, volvió a aumentar y lo seguirá haciendo. Para algunos, la solución es que las aerolíneas vendan pasajes más baratos, y así los aviones se llenarán más. Lufthansa argumentó que el panorama es distinto para las aéreas grandes y las chicas. ¿Excepciones? No. Es muy burocrático —se requieren un mínimo de dos aprobaciones— y requiere mucho tiempo.

La única solución para ahuyentar los fantasmas que asoma a lo lejos no corresponde ni a las aerolíneas ni a los reguladores. No habrá vuelos fantasma si la gente vuelve a viajar como antes, si pierde el miedo al Covid, a la guerra y a la delicada economía mundial. Un horizonte que parece tan lejano que ni un vuelo fantasma puede divisarlo