Cuando el ánimo falla
Hablar de nuestras emociones sana, libera y nos permite actuar
¿El mundo nos pesa? ¿La desesperanza debilita nuestro ánimos y nuestra energía? Entonces hay que decirlo: puede que nos cueste abrirnos a los demás y expresar lo que sentimos. Sin embargo, reconocer y decir que estamos mal nos podría ayudarnos más de lo que pensamos.
¿Cómo nos sentimos hoy? Hay muchas personas que apenas pueden con el peso de sus cuerpos y sus invisibles toneladas de desánimo. Este desánimo aniquila toda motivación, haciendo muy difícil verbalizar lo que se siente. Es tanto lo que uno experimenta cuando está atrapado en un "agujero negro" que a veces resulta más fácil guardar silencio. En ocasiones, se opta por callar y disimular porque no queremos molestar a los demás con nuestros problemas. Tememos que nos digan aquello de "siempre estás con lo mismo" o, peor aún, "lo que tienes que hacer es salir y animarte".
Sentir desánimo y tristeza es una sensación desagradable y, ante todo, actualmente es una de las dificultades psicológicas y emocionales más habituales. Por eso hay días muy difíciles en los que es necesario romper la barrera del hermetismo y hablar con alguien, porque la mente también nos suele engañar haciéndonos creer que no le importamos al resto y en realidad no es así. La voz del desánimo es traicionera, manipuladora y alimenta la mente con mentiras.
Hay épocas con sabor a apatía, esas en las que todo nos parece un poco más gris. No sabemos bien por qué, pero cualquier cosa nos cuesta mucho más y lo que más necesitamos es cambiar el ánimo rápidamente. Es importante saber que nuestros estados emocionales fluctúan y nada es tan común como tener días en los cuales fallan las ganas y el entusiasmo. Si hay algo que nos repiten con frecuencia es que cada mañana, nada más abrir los ojos, visualicemos esos motivos que nos ilusionan para empezar la jornada. Pero hay épocas en que no se encuentran las fuerzas y las motivaciones suficientes para empezar el día, para vestirse y luchar contra el mundo o bailar con él.
Porque sí, hay personas que nos quieren, que desean ayudarnos y, sobre todo, escucharnos. Decir que estamos mal, cuando el mundo entero parece estar cayéndose a pedazos en nuestro interior es un acto de valentía. Hablar de nuestras emociones sana, libera y permite actuar ante lo que nos ocurre. Expresar el dolor es más terapéutico de lo que imaginamos. Y con esto quiero decir que no es preciso patologizar el estrés puntual o el cansancio acumulado. La clave es no dejar que esas situaciones se prolonguen en el tiempo. Cuando las personas tenemos una gripe, una bajada de presión o una migraña no dudamos en decirle a quien tenemos cerca que no nos sentimos bien. Al instante, ese compañero de trabajo, ese amigo o ese familiar no dudará en decirnos algo como "vete a casa, llama al médico, descansa, dime si necesitas algo o voy a estar contigo un rato hasta que te sientas mejor".
Sin embargo, cuando la ansiedad nos impide respirar y la angustia llena nuestra mente con punzantes pensamientos negativos optamos por la reserva, por guardar silencio. Nuestra sociedad normalizó hablar del dolor físico, pero el emocional navega en el universo del tabú. Nos cuesta hablar de lo que nos duele cuando ese sufrimiento es mental, y eso tiende a agravar dichas situaciones.
El desánimo y la desesperanza están acompañados por una continua sensación de debilidad física; el cuerpo se mueve de manera más lenta y es común experimentar una gran sensación de pesadez. A eso se le añaden las alteraciones en el sueño, ya que podemos alternar entre el insomnio y el sueño excesivo. Por ello, cuando alguien nos dice que "no se siente bien" también nos está pidiendo ayuda.
Decir "no me siento bien" es un acto de valentía porque nos permite recibir apoyo, ser entendidos, arropados y acompañados. Expresar lo mal que nos sentimos no es demostrar debilidad, es validar lo que sentimos para permitirnos manejar lo que nos sucede. Recordemos que en la sanación del desaliento no caben las prisas, cabe el dejarnos querer, comprender y guiar.
"Cierta vez se corrió la voz de que el diablo se retiraba de los negocios y vendía sus herramientas al mejor postor. En la noche de la venta estaban todas las herramientas dispuestas en un lote siniestro: odio, celos, envidia, malicia y hasta engaño, además de todos los implementos del mal. Pero un tanto apartado del resto había un instrumento aparentemente inofensivo, muy gastado, como si hubiese sido usado muchísimas veces y cuyo precio, sin embargo, era el más alto de todos. Alguien le preguntó al diablo cual era el nombre de la herramienta. Desaliento fue la respuesta. ¿Por qué su precio es tan alto?, le preguntaron. Porque ese instrumento me es más útil que cualquier otro; puedo entrar en la conciencia de un ser humano cuando todos los demás me fallan y, una vez adentro, por medio del desaliento, puedo hacer con esa persona lo que se me antoja. Está muy gastado porque lo uso casi con todo el mundo y como muy pocas personas saben que me pertenece puedo abusar de él, respondió el demonio. El precio del desaliento fue tan pero tan elevado que todavía sigue siendo propiedad del diablo"

