Hay épocas en que todo está revuelto: el cabello, la vida, las emociones. El mundo entero parece desordenado ante nosotros, las prioridades se desvanecen, las preocupaciones se acumulan y apenas entra la luz en la ventana de nuestras esperanzas. Por eso se hace necesario ordenar los pensamientos y poner un poco de equilibrio a fin de tener calidad de vida.

Pasar del caos al orden; avanzar de la incerteza a la seguridad; partir del desequilibrio al equilibrio relajante. La “negentropía” (término que yo no conocía) es un concepto surgido de la física que nos invita y nos propone realizar esa transformación tan necesaria en nuestros días. En un contexto marcado por lo imprevisible, necesitamos, en la medida de lo posible, cierta sensación de control.

La negentropía es lo opuesto a la “entropía” y se define como un proceso que nos permite pasar de un desorden aleatorio a un orden previsible. Partir del desorden y de múltiples ideas inconexas para conformar de pronto algo con sentido y trascendencia. Nuestra vida cotidiana puede llevar a cabo ese salto, ese proceso de cambio. Hay épocas en las que todo lo que nos envuelve es desorden. Lograr una realidad más organizada nos permitiría sentirnos más competentes, eficaces y satisfechos con nosotros mismos.

Hay muchas formas en las que la entropía -el caos- se instala en nuestra realidad diaria. Cuando dejamos cosas para después, por ejemplo, todo nuestro universo personal deriva en ese abismo entrópico en el que todo es desorden, las tareas se acumulan y crece la ansiedad. Los padres que no ponen límites ni normas claras a sus hijos también evidencian este problema. Asimismo, podríamos hablar de las organizaciones que lejos de seguir un objetivo común, se rigen por intereses propios sin lograr nada y consiguiendo que se instale la frustración en toda la empresa. La entropía reina en múltiples escenarios, tanto individuales, como familiares y laborales.

Ahora bien, en la negentropía, la energía no disminuye ni desaparece, se limita a transformarse constantemente. Estamos ante un mecanismo autorregulador que convierte la energía acumulada por una persona (miedo, ansiedad, estrés) para construir algo nuevo (esperanza, confianza, eficacia). Es necesario controlar el estrés cotidiano, los pensamientos automáticos y las emociones más adversas. 

Lo conocido nos hace sentir seguros, a buen recaudo de la adversidad. Por eso creamos burbujas dentro de las cuales terminamos viviendo. Esas “burbujas de seguridad” validan nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. El problema es que el equilibrio mental que logramos en su interior puede degradarse, dejando paso rápidamente a la entropía psicológica, al desorden. Cuando el mundo a nuestro alrededor cambia y se vuelve incierto tenemos dos caminos: hundirnos en la entropía o resurgir con un nuevo equilibrio. 

Carl Jung afirmaba que nuestra mente tiende a poner en marcha mecanismos de compensación para evitar la entropía total y mantener cierta estabilidad que preserve nuestro «yo». Los mecanismos de defensa son un ejemplo de ese intento de compensación. Cuando la realidad se vuelve inaceptable, activamos una barrera que protege nuestro ego y conserva la imagen que nos hemos formado de nosotros mismos.

Tener todo perfectamente organizado y planificado genera estabilidad y seguridad. Sin embargo, las reglas del juego pueden cambiar en cualquier momento y muchas de las cosas que ocurren pierden su sentido. Solemos caer entonces en un estado de máxima entropía mental. El caos desorganiza nuestro mundo interior.

“Cierto día un motivador estaba dando una conferencia sobre la necesidad del orden en la vida. 

Sacó un frasco de vidrio, de boca ancha, y lo puso sobre la mesa frente a él. Luego sacó una docena de piedras del tamaño de un puño y empezó a colocarlas una por una en el frasco.

Cuando el frasco estaba lleno y no podía colocar más piedras preguntó al auditorio: -¿Está lleno este frasco? Todos los asistentes dijeron -¡Sí!

-¿Están seguros? Y sacó un cubo con piedras pequeñas de construcción. Echó un poco de las piedras en el frasco y lo movió haciendo que las piedras pequeñas se acomoden en el espacio vacío entre las grandes.

Cuando hubo hecho esto preguntó una vez más: -¿Está lleno este frasco?

Esta vez el auditorio ya suponía lo que vendría y uno de los asistentes dijo en voz alta: -Probablemente no.

Sacó de debajo de la mesa un cubo lleno de arena y empezó a echarlo en el frasco. La arena se acomodó en el espacio entre las piedras grandes y las pequeñas. Una vez más pregunto al grupo: -¿Está lleno este frasco?

Esta vez varias personas respondieron a coro: -¡No!

Entonces sacó una jarra y echó agua al frasco con piedras, hasta que estuvo lleno hasta el borde mismo. Cuando terminó, miró al auditorio y preguntó: -¿Cuál creen que es la enseñanza de esta pequeña demostración?

Uno de los espectadores levantó la mano y dijo: -Que no importa como de lleno esté tu horario, si de verdad lo intentas, siempre podrás incluir más cosas.

-¡No! replicó el expositor, esa no es la enseñanza. -La enseñanza es que si no ordenas inteligentemente en tu interior las prioridades, nunca podrás plenificar tu vida.”