Hay vidas que están llenas de contenido, de esfuerzo y de sentido. Suelen ser vidas activas y luchadoras, aunque hacen poco ruido. Son vidas que no cuadran con los alardes ni con los excesos de protagonismo personal.

Sin embargo, vivimos en una sociedad individualista y cada vez más orientada al exterior, ahí donde son comunes ciertos comportamientos exhibicionistas, donde la dependencia a ser admirados casi a cada instante, agota y asfixia. Es el territorio del ego exacerbado, donde crece la soberbia, la mirada que entiende el mundo partiendo del propio ombligo. Es una máscara donde se inscribe la necesidad de atención para saber que se es alguien.

La soberbia es clave para casi todos los conflictos humanos. Formas de soberbias más o menos elaboradas, primarias o sutiles, pero siempre presentes en la raíz de las actitudes que los provocan. Tiende a presentarse de forma retorcida, escondiéndose en los rincones más sorprendentes de la vida del hombre. Sabe bien que si enseña la cara, su aspecto es repulsivo. Por eso se mete de incógnita dentro de algunas actitudes aparentemente positivas, que terminan contaminadas.

Unas veces se disfraza de sabiduría y no es otra cosa que orgullo altivo; se llama soberbia intelectual. Otras veces se disfraza de coherencia, y hace a las personas cambiar sus principios en vez de atreverse a cambiar su conducta inmoral.

Puede usar el disfraz de un apasionado afán de hacer justicia, cuando en el fondo lo mueve un sentimiento de despecho y revanchismo. En ocasiones se presenta como el afán de defender la verdad, una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás; es la de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad y enseña o aconseja desde la autosuficiencia.

En muchos momentos se recubre de un aparente espíritu de servicio, a primera vista muy abnegado, pero que esconde un curioso victimismo resentido; se hacen las cosas, pero con aire de víctima, o lamentándose de lo que hacen los demás. Y en muchos casos la máscara es la de la generosidad, de esa generosidad ostentosa que ayuda humillando, mirando a los demás por encima del hombro, menospreciando.

La soberbia siempre tratará de engañarnos y ocultará su rostro de diversas maneras. Adoptará muchas formas, casi siempre variantes de lo mismo: ese afán un tanto ridículo por dejar constancia del propio mérito, la susceptibilidad enfermiza que quien se siente agraviado constantemente por pequeñeces, las luchas y rupturas absurdas por una pequeña cuota de protagonismo personal, los agradecimientos exigidos y contabilizados, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, el decaimiento profundo al percibir la propia debilidad. Un terrible círculo vicioso.

Detrás de la soberbia hay miedo. Miedo de no ser bueno, de no ser suficiente, de no ser capaz. La soberbia viste a las personas con el traje del puercoespín que les protege, pero también les impide ser acariciados. Están tan cerca del espejo que dejan de verse. Tan concentrados en sí mismos que no se reconocen en la imagen que los demás le devuelven de sí mismo.

En realidad, hay que tener miedo a la soberbia, y luchar seriamente contra ella. Es una lucha que toma su impulso en el reconocimiento del error, aunque sea difícil. Sin olvidar que sentirse “el mejor” nos deja solos en la cima, sin nadie que nos acompañe, aislados, condenados. Decía Khalil Gibran: “Un hombre debe ser lo suficientemente grande como para admitir sus errores, lo suficientemente inteligente como para aprovecharlos y lo suficientemente fuerte para corregirlos.”

“Habitaba en las selváticas comarcas un hombre llamado Tong-Wei, cuya destreza en las artes de la arquería lo hicieron famoso. Llegó a ser tan indiscutible su maestría con el arco y tantos sus triunfos, que TongWei se volvió jactancioso y soberbio. “¿No era acaso el mejor?” Cierto día se halló frente a un tigre gigantesco y amenazador. Muy rápido colocó la flecha, apuntó, ya iba a disparar... Fue entonces cuando el animal feroz atinó a decir: - No dudo, Tong-Wei, de que cuando sueltes tu flecha dejaré de existir. Sin embargo, si puedo conmover la nobleza de tu espíritu, te pediría que, antes de hacer centro en mi cuerpo, me demuestres tu talento clavando el dardo en el nudo de aquel viejo roble. Sorprendido, pero también halagado por las elogiosas palabras de la fiera, se volteó hacia el tronco, y en su mismo centro puso la saeta.

- ¡Maravilloso disparo!

- Y ¿podrías darle a la despreocupada lagartija que está al sol sobre esa roca?

Sin pensarlo dos veces lanzó la flecha sobre el diminuto blanco y la partió en dos.- ¡Formidable! Así, Tong-Wei, cuya soberbia el tigre alimentaba obsecuentemente, fue dilapidando en inocentes objetos sus mortíferas flechas. Y el depredador no cesaba de elogiarlo. Cuando al arquero no le cabía en el pecho su fatal soberbia, lanzó contra una mísera araña su último dardo. El tigre, que no esperaba otra cosa, saltó sobre el ahora indefenso cazador y en un abrir y cerrar de ojos hizo del sorprendido maestro de arquería su deleitoso festín. De algo puedes estar seguro: cuando el presumido se deja olfatear, no tarda en aparecer un peligroso tigre.”

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Lic. Aldo Godino

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