Sonny Rollins, como todos saben, es una de las grandes leyendas vivas del jazz. Pero también es un emblema de Nueva York. Y la asociación de su música con la gran ciudad disparó una iniciativa que ya tiene miles de adhesiones: rebautizar el puente de Williamsburg como Sonny Rollins Williamsburg Bridge.

Stephen Levin, uno de los promotores de este movimiento, presentó el proyecto en el consejo comunal neoyorquino. Y hace algunos meses, junto con Jeff Caltabiano, comenzó a recolectar firmas para apoyar la petición. En poco tiempo reunieron casi 7000 adhesiones en más de 60 países y el alcalde Bill de Blasio seguramente resolverá en breve si acepta la idea. El homenaje encuentra a Sonny Rollins en un momento complejo para su salud. Con 87 años, fue diagnosticado con fibrosis pulmonar y casi no puede tocar. Pero si de algo sabe Sonny es de recuperarse de situaciones adversas. Una de ellas, precisamente, es la que dio origen a la emblemática historia del puente.

En 1959 Rollins atravesaba un singular período de éxito. Había editado varios álbumes que luego hicieron historia, entre ellos Saxophone Colossus y Tenor Madness, el único donde comparte un tema con Coltrane. Miles Davis, inclusive, intentó contratarlo para su quinteto antes de decidirse finalmente por Trane. Pero Sonny, que se había recuperado de cárcel y adicciones, estaba convencido de que su sonido no era lo suficientemente pulido, que le faltaban ideas claras, que estaba defraudando a una audiencia devota y que tenía que comprometerse a mejorar. Acaso haya que buscar el origen de esa sensación de inseguridad en la falta de formación académica de Rollins. Era un autodidacta: creció entre músicos y aprendió a tocar con ellos desde muy joven.

A partir de esa necesidad de perfeccionar su técnica, decidió tomarse un período sabático. Sería el primero de dos el segundo arrancó diez años después- y terminaría convirtiéndose en una extendida historia neoyorquina. Aunque inicialmente se retiró a practicar en su casa del East Village, pronto advirtió que los vecinos no lo tolerarían. Encontró entonces su sala de ensayo en el puente de Williamsburg. Antes lo había intentado en el de Brooklyn y en el de Manhattan, pero el de Williamsburg tenía una zona peatonal más amplia y quedaba cerca de su casa, por entonces en la calle Grand. Iba de noche y de día. Si había ruido, mejor, podía soplar más fuerte. A veces llevaba a otros músicos, como Steve Lacy o Jackie McLean. "Podías tocar con el cielo y con el viento, era una sensación inigualable", recordaría luego. El año sabático terminó en 1961 y claramente su sonido había mejorado. El mundo del jazz celebró su retorno con un disco titulado precisamente The Bridge, en el que Rollins, un pionero de los pequeños grupos sin piano, grabó acompañado por Jim Hall en guitarra, Bob Cranshaw en bajo y Ben Riley en batería. The Bridge fue uno de los discos más vendidos de Rollins y en 2015 fue incluido en el Grammy Hall of Fame.

Sonny estaba de regreso con todo su potencial, dispuesto a quedar en la historia grande el jazz. "Podía haber pasado el resto de mi vida en el puente, pero tomé la decisión de volver a la vida real", diría poco después. El jazz pide un puente para Sonny. Este año puede ser realidad.