Después de haber bajado sus históricas banderas contra lo que antes definía como “represión financiera” y de haber abrazado los controles de cambios casi con nostalgia ochentista, el presidente del Banco Central empezó a pertrecharse para las que prometen convertirse en las seis semanas más desafiantes de su carrera. Los fantasmas para la transición son tan amenazantes que si Guillermo Moreno fuera hoy algo más que una caricatura de sí mismo, Guido Sandleris no descartaría incorporarlo a su staff, casco y guantes incluidos. Tanto relajó sus límites teóricos que de la ortodoxia ditelliana de Mariano Flores Vidal pasó al extremo opuesto: acaba de incorporar como asesor especial en el área de Exterior y Cambios a un antiguo técnico de carrera que el heterodoxo Alejandro Vanoli designó como gerente general en 2014 y que Federico Sturzenegger jubiló anticipadamente en 2016.

Sandleris es consciente del desafío mayúsculo que le espera desde la mañana del 28 de octubre. Pero también cayó también en la cuenta de que el combate contra la corrida cambiaria lo encontrará solo, con la justicia federal detrás de todas las decisiones que tome y nadie a quien señalar hacia arriba cuando le pregunten por qué las tomó. Ninguno de los tres responsables de que él se haya instalado en el primer piso de Reconquista 266 le sirve ya como garante: Nicolás Dujovne se fue a su casa, Christine Lagarde voló de Washington a Frankfurt para presidir el Banco Central Europeo y Mauricio Macri protagonizó una lenta pero irreversible metamorfosis de Presidente a candidato, con hitos rocambolescos que se superan en bizarría a medida que se acercan las elecciones.

Aunque lo haya negado ayer temprano desde Washington Hernán Lacunza, su socio en la desgracia de administrar la transición, Sandleris se prepara para apretar -y mucho- el control de cambios. Es lo que descuenta el mercado desde hace al menos dos semanas, y lo que explica que el dólar oficial haya enhebrado ayer su octava suba al hilo. También lo que lo hizo recontratar -ahora como asesor- al gerente general de la época de Vanoli.

Jorge Rodríguez, de él se trata, es el mayor especialista argentino en regulaciones de los flujos de capital. Antiguo gerente de Deuda del Banco Central en los años 80, ideó y redactó las restricciones de aquella época para contener las volatilidades de un mercado financiero que recién empezaba a globalizarse. Migró al Ministerio de Economía cuando el Banco Central se jibarizó, en la época de la convertibilidad. Se dedicó a estimar el balance de pagos hasta que la explosión del tipo de cambio fijo lo devolvió a la calle Reconquista de la mano de Mario Blejer, en 2002. En tiempos kirchneristas se resistió a la jubilación con Juan Carlos Fábrega y después ascendió con Vanoli. Sturzenegger lo eyectó apenas pudo.

Sí cepo ede

La especialidad de Rodríguez es tapar los agujeros por los cuales suelen escurrirse los dólares en tiempos de control de cambios. Y hacia allá apunta Sandleris para evitar quedar complicado en causas judiciales como la que tramita Rodolfo Canicoba Corral sobre el origen de la devaluación del 12 de agosto. El magistrado, furioso desde que descubrió que lo espiaban por orden de la Unidad de Información Financiera (UIF), tiene en sus manos ese expediente sensible por el cual ya exigió los registros de ingresos y salidas de la Casa Rosada y del Banco Central del lunes 12 de agosto, el día posterior a las PASO en las que se impuso Alberto Fernández por más de 15 puntos de diferencia. Hay banqueros muy preocupados por ese exhorto.

La decisión judicial alcanza a Marcos Peña, otro que teme las complicaciones judiciales que pueda depararle la transición. La causa se inició después de que Martín Redrado, expresidente del Central, denunciara que había sido el Presidente quien fomentó la devaluación. “Macri dijo que el dólar se vaya a dónde se tenga que ir y que los argentinos aprendan a votar. El Central estuvo mirando desde la tribuna lo que pasaba en el mercado en lugar de estar interviniendo. Mis colegas recibieron la instrucción de que se corrieran del mercado”, puntualizó esa semana Redrado.

Los operadores más avezados ya leyeron entre líneas el trazo del asesor repatriado al Central en la circular “A” 6814 que ayer firmó el gerente principal interino de Exterior y Cambios, Oscar Marchelletta. La norma flexibilizó los controles para determinadas transacciones con el exterior, como el pago de deudas en dólares con entidades extranjeras. Es lo que reclamaban empresas como IRSA, la desarrolladora de Eduardo Elsztain, que todavía no pudo cancelar una cuarta parte de las obligaciones negociables que le vencieron más de un mes atrás.

Lo que se pregunta la City es qué nuevos controles podría establecer Sandleris tras la vuelta de Rodríguez al Central. El primero, especulan, será bajar el límite de compra mensual por persona humana. Ese tope, hoy de 10 mil dólares, caería a menos de la mitad inicialmente y luego podría establecerse algún sistema de validación como el que administraba la AFIP durante el último tramo del kirchnerismo. En simultáneo, el especialista empezó a monitorear las operaciones de las empresas, que quedaron muy restringidas desde la segunda semana de agosto pero que podrían tabicarse aún más.

El costo de hacer más estricto el control de cambios sería un aumento de la brecha con el dólar paralelo. Ayer esa brecha entre el mayorista y el paralelo alcanzó un récord del 16%, el mayor desde la introducción de los controles. Fue porque el “blue” subió tres pesos, a $67,50. Sigue lejos de la brecha que había a fines de 2015, del 50%. ¿Alcanzará ese nivel durante la transición?

hSandleris, dicen en el Central, prefiere “entregar brecha” que aceptar otra devaluación del 10% o 20% entre el 28 de octubre y el 10 de diciembre. Tampoco quiere dejar el Central sin reservas netas, algo que tranquilamente podría ocurrir en si la corrida recrudece solamente por una semana. Cualquiera de esas dos eventualidades, como señaló Domingo Cavallo, podría ser la chispa que encienda una hiperinflación.

Pobreza CEO

En el coloquio de IDEA, uno de los lobbies empresariales que más activa y desembozadamente expresó su simpatía por la gestión de Mauricio Macri incluso hasta la edición del año pasado, cuando ya había empezado la crisis, cundió este año la autocrítica. Quién la ejerció de modo más descarnado fue Claudio Belocopitt. “Debería haber venido Alberto Fernández. Si la política no está, el coloquio pierde peso”, dijo el dueño del grupo SMG y socio del canal América. Fue después de que los popes de IDEA agotaron sus desesperadas gestiones secretas para que el candidato del Frente de Todos fuera de la partida.

La admisión de Belocopitt resulta razonable desde el más estricto cálculo económico. Pagar $90.000 por una silla para ver una videoconferencia de Macri y un discurso de despedida como el que pronunció María Eugenia Vidal no parece un gran negocio siquiera para los directivos de segunda línea de empresas que se dejaron ver en el tradicional Sheraton de Mar del Plata. Tampoco parece muy justificable pagar $700.000 para auspiciar el evento.

En tiempos se austeridad, los accionistas empiezan a percibir al lobbying como un lujo prescindible. Por eso Gastón Remy, CEO de la petrolera Vista y presidente del coloquio, salió en defensa del cenáculo de gerentes nacido en los años 60. “Las 519 empresas que conforman IDEA explican más de la mitad de la actividad económica de la Argentina”, reivindicó. La idea. Admitió después, es que la concurrencia no vaya a desplomarse el año próximo.

Lo único rescatable, contaron tres gerentes que se volvieron antes del cierre a Buenos Aires, fue escuchar a Héctor Daer jurar y perjurar que “Alberto no es Cristina”. Y no mucho más. Acaso a esa decepción se haya debido el silencio sepulcral que acompañó el discurso de la gobernadora bonaerense en el coloquio. Silencio que se mantuvo incólume incluso cuando hizo pausas con la expectativa de ser aplaudida, después de tramos donde habló de su lucha contra el narcotráfico y otros temas que habitualmente le celebran. El aplauso llegó, sí, al final. Un aplauso de despedida.

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