Una noticia pasó más bien desapercibida en Occidente, pero causó sorpresa entre quienes la leyeron: el 14 de enero, China entró en franco estado de preocupación luego de reportar su primer muerto por coronavirus en... ocho meses. Siete días después, registró su mayor número de casos diarios desde fines de julio: 242.

En la últimas tres semanas, el promedio de nuevos positivos creció en el país de 77 a 174. Con una población de 1397 millones, eso se traduce en 0,12 por millón de habitantes. En Argentina este número es 1725 veces mayor.

El 26 de diciembre, el Partido Comunista chino festejó oficialmente haber enfrentado con éxito "extraordinario" el coronavirus y haber adoptado "una perspectiva a largo plazo que permitió una victoria gloriosa" el año pasado. Ahora su estrategia corre peligro y el régimen dictó el confinamiento de más de 20 millones de personas con centro en Hebei, la provincia que rodea a Beijing.

La cuestión no es tanto entender por qué aparecieron estas dificultades comunes a todo el mundo, sino conocer qué estuvo haciendo China en estos últimos días y qué hizo durante el último año para evitar cualquier atisbo de una segunda ola de coronavirus, lo que le permitió, orgullosamente, ser la única potencia entre las 24 economías que crecieron en 2020.

Primero lo primero. ¿Son confiables las cifras en esta nación gobernada por un régimen de partido único donde casi no hay oposición? Diego Guelar, exembajador en Beijing durante la presidencia de Mauricio Macri, sienta postura: "Los números son decisiones políticas, no cifras estadísticas".

Otros expertos, sin embargo, destacan que de todos modos no existen datos alternativos que utilizar y recuerdan que muchas de las estadísticas chinas, incluso las relativas al sector sanitario, tienen el aval de organizaciones internacionales.

Mientras miro las nuevas olas

Números más, números menos, lo seguro es que, durante 2020, China destinó todo el peso de su gigantesco aparato estatal a frenar la expansión del coronavirus. Y lo hizo con medidas "draconianas", describe Sergio Cesarin, docente e investigador experto en Asia de la UNTREF.

"Occidente busca convivir con el virus mientras que China pretendió eliminarlo", lo resume por su parte Juliana González Jáuregui, sinóloga e investigadora de FLACSO y del CONICET,

El comienzo inevitable de esta estrategia, por supuesto, fue la contención exitosa del brote originario en Wuhan, a través del encierro de unas 60 millones de personas durante once semanas.

Las cuarentenas en China son estrictas. En la capital de Hubei se vigiló cada comuna y se categorizó el estado de salud de los integrantes de cada hogar, con voluntarios designados por el gobierno que se encargaron de la entrega de suministros, puntualiza Jorge Malena, experto en China del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI). Por si eso fuera poco, las autoridades levantaron barricadas en todos los barrios.

Aquel fue solo el comienzo de un trabajo de hormiga que se mantuvo todo el resto del año. Un ejemplo: en octubre, se detectaron 12 casos provenientes del exterior en la ciudad de Qingdao, al este del país. Esto motivó que el gobierno testeara a toda su población en cinco días. Por si se lo pregunta, Qingdao tiene 9.500.000 habitantes. "Es lo que cambia entre un país con y uno sin recursos", dice al respecto González Jáuregui.

La vigilancia minuciosa también tiene su parte digital. Las gigantes tech Alibaba y Tencent diseñaron aplicaciones, de uso obligatorio en ciertos momentos y lugares, que permiten rastrear los contactos estrechos de los contagiados. El sistema es simple. Si la pantalla del smartphone muestra una luz verde, el ciudadano es libre de moverse y usar transporte público. Si muestra una luz amarilla o roja, debe guardar cuarentena. Cómo se asigna una u otra, nadie lo sabe con certeza.

Otro dato. La vacunación en China comenzó antes que en Occidente. Y antes quiere decir, al menos, en julio, con las tres vacunas más importantes (las de Sinopharm, Sinovac y Cansino Biologics) siendo utilizadas en millones de trabajadores esenciales. "A medida que los ensayos daban resultados adecuados, siguieron inoculando por fuera de ellos pese a no tener todas las fases de aprobación resueltas", explica Cesarin.

Los antecedentes de epidemias similares, como la del SARS en 2003, aportaron experiencia en el combate de este tipo de virus, al igual que acostumbramiento a medidas sanitarias como el uso de barbijo.

¿El 2020 en loop?

La semana previa al 23 de enero de 2021, primer aniversario del establecimiento de la cuarentena en Wuhan, China mostró cifras de coronavirus récord desde mayo: unos 1400 casos activos en todo el país. Esto bastó para tomar medidas similares a las de hace un año atrás, describe González Jáuregui.

Once zonas de cuatro provincias nororientales, Hebei, Liaoning, Heilongjiang y Jilin, fueron aisladas. En Shijiazhuang, capital de la primera de ellas, se suspendió el transporte público y se estableció un bloqueo perimetral, mientras se levanta a contrarreloj un centro de observación con camas para 6000 infectados.

Los testeos masivos se reanudaron. En pocos días, unos 2.300.000 de ellos iban a realizarse en Tonghua, provincia de Jilin. Otros 522.000 se hicieron en Beijing. La causa: la semana pasada aparecieron en la capital tres casos de coronavirus. En comparación, en Argentina se realizaron 6 millones de estas pruebas desde marzo.

La diferencia con el año pasado es la disponibilidad de vacunas, con las cuales piensan inocular a unas 50 millones de personas antes del año nuevo lunar, el 12 de febrero. Por las dudas, para esa fecha festiva las autoridades ya recomendaron no viajar.

"El gobierno no quiere que se rompa la imagen de China como triunfadora en la lucha contra el coronavirus, así que todos los esfuerzos van a estar puestos en que no se salga de control, y menos con la misión de la OMS en el territorio", estima la investigadora del CONICET.

De Confucio a Mao

Pero la monumental logística desplegada en el último año es la punta del iceberg. Por debajo (o por encima, como se prefiera), se extiende un modelo político tan poco democrático como efectivamente sólido y eficaz, complementado por una sociedad culturalmente cohesionada.

"La verticalidad del sistema, con la disciplina social resultante, imposible de repetir en las sociedades occidentales", lo define Guelar.

Malena marca cuatro características políticas del régimen comunista chino que ayudaron en la lucha contra el covid-19: "A) planificación de políticas, B) difusión masiva del mensaje oficial, C) movilización de recursos materiales y humanos y D) control de la población".

Autoritarismo, sin dudas. En China la oposición equivale a disidencia, la diáspora crítica no puede volver y la censura de internet, que se incrementó con Xi, es prácticamente reconocida por el régimen.

¿Entonces la cohesión es básicamente producto de la opresión? González Jáuregui no lo cree así. "Gran parte de la población está de acuerdo con que el régimen gobierne de la forma en que lo hace porque en paralelo muestra resultados económicos", sostiene, y recuerda que las reformas que comenzaron en 1978, cuando Deng se consolidó como el sucesor de Mao, permitieron que millones de chinos salieran de la extrema pobreza y comenzaran a participar de la clase media.

La obediencia social no es solo atribuible al régimen del PCCh, sin embargo. "Son sociedades confucianas, donde hay mucho apego al cumplimiento de las reglas y a la normativa del poder político", apunta Cesarin. O, como lo sintetiza Malena, "el individuo actúa conforme a lo que es bueno para el conjunto".

Una economía de "doble circulación"

Entre casi 200 países, según el FMI, solo 24 crecieron en 2020. Entre estos 24, China es la única potencia. A mediados del último mes Beijing confirmó oficialmente que su PBI aumentó un 2,3% el año pasado. Bastante modesto en relación al 6% que preveía en diciembre de 2019, pero en el medio pasaron cosas. Si se lo compara con las caídas del 5,3% en Japón, del 4,1% en Rusia, del 4,3% en Estados Unidos, del 10,3% en India o del 9,8% en Reino Unido, el número es monumental.

¿La causa? Evidentemente todo confluye, una vez más, en la temprana contención exitosa del brote en Wuhan, que le permitió a China volver a reactivar la economía ya en el segundo trimestre.

Entonces, según describe Malena, el gobierno pudo establecer "cierres breves de determinados sectores y una recuperación impulsada por el Estado, centrada en evitar despidos masivos".

Pero hay más. Más allá del freno a la pandemia, la clave parece estar en que, sumado al enorme sector externo que creció sin parar en las últimas décadas, el régimen comunista comenzó a alentar el desarrollo de la demanda interna desde la crisis de 2008. Lo que en los últimos años comenzó a llamar oficialmente la "doble circulación".

No es descabellado pensar, por lo tanto, que China pueda apelar principalmente a uno u otro sector según las circunstancias lo ameriten.

El crecimiento chino en 2020 "no solo tiene que ver con que sale rápido de la pandemia, sino principalmente con lo que hace a su plan quinquenal, que apunta mucho a su consumo interno", desarrolla González Jáuregui. Solo respecto a 2019, la demanda doméstica del país aumentó un impresionante 8%. En este punto, una variable central es el turismo interno, que fue especialmente fomentado por el gobierno el año pasado con promociones y entradas gratuitas.

¿Y si las actividades se restringen? " China es la principal plataforma del mundo en e-commerce, así que muchas (empresas) compensaron la pérdida en consumo interno con venta al exterior a través de este método", explica Cesarin.

El escenario para Beijing, si logra evitar la segunda ola, es bastante promisorio, ya que espera crecer entre un 8 y un 9% en 2021 y estar en condiciones de posicionarse como la primera economía mundial dentro de 15 años, añade el experto.

"Si todos los chinos saltaran al mismo tiempo, el mundo temblaría", dijo supuestamente Mao. Más difícil le fue imaginar qué pasaría si, también al unísono y por el tiempo necesario, millones de chinos se encerraran.

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